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Atados y Atrapados, ebook de Gina Azzi
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Atados y Atrapados Ebook

Libro 4 de 5: La Serie de Knoxville Football · Formato: Ebook

Avery Callaway, quarterback de los Knoxville Coyotes, es una leyenda del fútbol americano.

Y cree que soy una acosadora.

Lo prometo: no lo soy. Resulta que, simplemente, vivimos en el mismo edificio.

Además, conozco a los hombres —a los deportistas— como Avery. Egocéntricos, innegablemente encantadores, insultantemente guapos.

Salí con uno una vez, hasta que me rompió el corazón.

Pero eso fue hace mucho. Y gracias a aquello ahora soy más lista, más ambiciosa y mucho más disciplinada.

De hecho, estoy en Tennessee únicamente para conseguir mi doctorado en ornitología.

Entonces, ¿cuál es el problema? Que mi visado está atrapado en un laberinto de papeleo interminable, que corro el riesgo de perder la carrera de mis sueños… y que Avery Callaway me ha propuesto matrimonio.

Sé que sus razones son egoístas. Que su motivo es puramente personal.

Sé que nuestro matrimonio no es más que un acuerdo.

Tengo que recordarlo cuando Avery me demuestra su apoyo de formas que jamás habría imaginado.

Hace que me sienta importante. Cuidada y amada.

Pero ¿es real?

¿O estar atada al quarterback supondrá un golpe que ninguno de los dos ve venir?

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Muestra exclusiva: Atados y Atrapados, Capítulo 1

Capítulo 1: Avery
—Está preciosa —murmura mamá a mi lado, alzando la copa de champán hasta los labios—. Me encanta verla así de feliz.
Da un sorbo, pero no aparta la mirada de mi hermana Raia.
—A mí también —respondo. Y es verdad.
Raia irradia felicidad mientras contempla a su prometido —mi mejor amigo y compañero de equipo—, Cohen Campbell. Cuando me enteré hace un año de que estaban saliendo, no fue la noticia soñada. Pero lo que me dolió no fue la relación en sí, sino que me lo ocultaran.
La realidad es que Raia y Cohen encajan a la perfección. Si tuviera que elegir un hombre para mi hermana, no habría nadie mejor que Cohen. Sé que la respetará y la querrá como merece. Y ella… nunca la había visto tan segura, tan en paz, tan feliz como ahora, con el anillo de compromiso brillando en su dedo anular.
Están eufóricos, enamorados de una forma que yo todavía no he vivido.
Le doy un trago a mi champán y recorro la sala con la mirada. Está abarrotada: mis compañeros de los Coyotes, los de fútbol americano, los de Raia del equipo de fútbol, nuestra familia, amigos… Todos celebrando. Y de pronto tengo la incómoda sensación de que soy el único que se ha quedado fuera del juego.
Cohen y Raia van a casarse.
West y Nova tienen una niña preciosa.
Joder, hasta Talon, nuestro kicker, está en las nubes con su novia, Leni, la hija del entrenador.
Nuestra prima Anna rehízo su vida con Brooks, el ex de Raia. Y las amigas del internado han venido todas con pareja.
Solo yo voy por libre.
Puede que tenga fama de ir cambiando de chica cada semana, pero no he tenido nada real —algo profundo, de verdad— desde hace años. No desde que rompí con mi novia del instituto, Mila, engañándola en un escándalo que le destrozó el corazón, sacudió a toda nuestra pequeña comunidad y me obligó a mirarme al espejo con desprecio. Sí, era joven. Y Mila estaba atravesando un duelo terrible por la muerte de sus padres. Me convencí de que ya nos habíamos distanciado, de que pensaba dejarlo incluso antes del accidente.
Pero lo gestioné fatal.
¿Qué clase de hombre le hace algo así a una mujer —a una persona— a la que dice querer?
Después de la ruptura, Mila perdió su trabajo con los Coyotes. Y yo… yo crucé el incendio y salí al otro lado convertido en el Hombre Más Sexy de América. Desde fuera parecía que todo me sonreía, pero por dentro me ahogué en culpa y vergüenza durante años.
Y hay días en los que todavía no puedo sostenerme la mirada en el espejo.
He intentado compensarlo. Hablé con Mila, aclaramos las cosas y le deseé lo mejor cuando empezó algo con la estrella del hockey Devon Hardt. Me esforcé por reforzar la relación con mis padres y con Raia. Por ser mejor amigo para Cohen. Por convertirme en un líder sólido para mis compañeros.
Y aun así sigo solo.
Sigo buscando algo. A alguien.
Suspiro y apuro el champán. Le quito a mamá la copa vacía de la mano.
—Ahora vuelvo con más.
Mamá me dedica una sonrisa cálida.
—Tú también estás muy guapo esta noche, Avery.
Resoplo.
—No hace falta que me digas cosas bonitas. Es la noche de Raia.
Inclina la cabeza.
—Lo sé. Pero me duele ver a cualquiera de mis hijos pasándolo mal.
Me doy la vuelta antes de contestar. ¿Eso es lo que estoy haciendo? ¿Pasarlo mal?
Tenía que ser ella quien lo notara, justo en una sala llena de gente que celebra.
La vergüenza casi me asfixia mientras me dirijo a la barra. ¿Qué dice eso de mí? Mi hermana flotando en una nube y yo aquí, revolcándome en mis propios demonios. Es asqueroso.
—Vaya, qué sorpresa verte por aquí —bromea el abuelo cuando me planto frente a la barra.
—Podría decir lo mismo, viejo.
Bufa entre dientes y hace un gesto al camarero para que le sirva otro whisky.
—Y un pinot grigio —añade.
Levanto las dos copas vacías de champán y el camarero asiente, manos a la obra.
—Mírale los ojos —suspira el abuelo, sonriendo hacia Raia—. Le brillan. Está desbordando felicidad.
—Los dos —confirmo, fijándome en la sonrisa bobalicona de Cohen mientras su hermano Cooper le rodea el hombro.
El abuelo me mira de reojo, pensativo.
—Siempre pensé que serías tú quien se casara con Mila.
Me aclaro la garganta. Mi familia, pese a la decepción enorme que se llevó conmigo cuando engañé a Mila, nunca me dio la espalda. Ni siquiera eso —su perdón, el de ella— consigue aliviar el peso. Al contrario, ensancha el desprecio que siento por mí mismo y multiplica los remordimientos.
El abuelo niega con la cabeza, agradece el whisky al camarero y deja un billete doblado de veinte dólares en el bote de propinas. Da un trago y chasquea los labios.
—No todo el mundo está hecho para esto —dice, paseando la mirada por la sala—. El matrimonio, los hijos, la casita con valla blanca.
Se encoge de hombros, pero detecto la decepción en su tono.
Él pensaba que yo sí estaba hecho para eso. Es el hombre de familia por excelencia. El que todavía baila en la cocina con la abuela y compra la marca de detergente que a ella le gusta, aunque cueste tres euros más que la otra. El que casi no se perdió casi ninguno de mis partidos, ni de Raia o Anna, cuando éramos pequeños.
Duele que no me vea capaz de llenar unos zapatos así. Y peor aún es saber que no lo dijo para herirme. Fue un comentario lanzado al aire. Un consuelo.
Asiento mientras se aleja, deteniéndose para besar a la abuela en la mejilla y entregarle el pinot grigio.
Vuelvo hacia el camarero, le doy las gracias, dejo otro billete de veinte en el bote y voy en busca de mamá.
La encuentro riéndose con su hermana, mi tía Karen.
—Aquí tenéis —digo, pasándoles una copa a cada una.
—Ay, gracias, Avery —sonríe la tía Karen—. Tu madre me estaba contando los sitios que Raia y Cohen están valorando para la boda. ¡Va a ser preciosa!
—Lo será —asiento.
—Eh, tío —dice Talon, dándome una palmada en la espalda—. Ven a contarle a West lo de tu acosadora.
—¿Tienes una acosadora? —jadea la tía Karen, llevándose la mano al colgante de perla que cuelga de su cuello.
—Avery —me reprende mamá. Alza las cejas como diciendo: ¿y eso no pensabas contármelo?
—Es inofensivo. —Hago un gesto con la muñeca—. Es más una broma que otra cosa.
Lanzo una mirada a Talon mientras me aparto de mi tía y de mamá.
Él articula un “perdón” en silencio y hace una mueca.
—Talon dice que esa chica apareció en varios entrenamientos de puertas abiertas —se ríe West cuando me acerco a él, a Talon y a Leni.
—¿La has vuelto a ver desde entonces? —pregunta Leni, frunciendo el ceño. Hace poco salió de una relación horrible con un ex abusivo y detesto que este tema pueda removerle algo.
Niego con la cabeza.
—No transmite nada raro. Quizá lo de acosadora fue exagerado —rectifico—. Es solo que me la cruzo constantemente en el edificio, en el vestíbulo, en el gimnasio… por el barrio. Y la forma en que me mira…
—¿Le gustas? —aventura West.
—Más bien lo contrario —aclaro—. Es como si me estuviera… estudiando.
Talon suelta una carcajada y West se parte.
West niega con la cabeza.
—Tío, tu vida es rarísima. —Mira por encima del hombro y sonríe al ver a Nova—. Menos mal que ya pasé la etapa de intentar descifrar la mente femenina.
—Amén —coincide Talon, rodeando la cintura de Leni con el brazo.
Ella se inclina hacia él y suspira, satisfecha.
Ojalá no le hubiera dado mi champán a la tía Karen. Ahora mismo me vendría de lujo el alcohol. O algo más fuerte.
—¿Alguien quiere otra? —propongo, señalando la barra.
—Estoy bien —dice West, levantando su cerveza casi llena.
—Ve ahora, antes de que empiecen los brindis —me aconseja Leni.
Asiento y me escabullo de la conversación para volver a la barra.
—¿Otro champán? —supone el camarero.
—Ponme algo más fuerte, tío.
Me dedica una mirada cómplice y me sirve el mismo whisky que está bebiendo el abuelo.
Le doy un trago al líquido ámbar y disfruto del ardor mientras baja por mi garganta. Entonces me giro hacia el frente de la sala al oír el tintineo de un tenedor golpeando una copa.
Mi hermana sostiene un micrófono. Cohen está a su lado, con el brazo rodeándole la cintura y la mano apoyada en su cadera.
—¡Hola a todos! —saluda Raia, agitando la mano con timidez. El murmullo se apaga y todas las miradas se centran en ellos—. Queremos daros las gracias por estar aquí esta noche celebrando con nosotros.
—¡Estamos en semana de descanso! —grita uno de mis compañeros, creo que Gage Gutiérrez—. ¡No hay otro sitio donde prefiramos estar!
Sí, definitivamente es Gage.
Las risas llenan la sala.
—Es verdad —admite Raia—. Cohen y yo estamos inmensamente agradecidos de que forméis parte de nuestras vidas.
Mientras continúa agradeciendo a familiares y amigos, observo cómo la gente se agrupa.
Parejas. Amigos de toda la vida. Familiares.
Yo me quedo junto a la barra, al margen del grupo. Siempre al margen y, sin embargo, para todos, en el centro.
Es una sensación extraña. Un viaje mental.
Todos me miran y creen que llevo una vida glamurosa. Quarterback de los Knoxville Coyotes. Avery Callaway, el Hombre Más Sexy del Año.
Pero la realidad es que estoy solo. Hay días en los que me limito a cumplir. Y la mayoría de ellos estoy harto de mis propias mierdas.
Por una vez, me gustaría que alguien esperara más de mí.
No en el campo ni en mi carrera. En la vida. En lo personal. Como hombre.
Recorro con la mirada el salón lleno de ruido y me duele que ninguna de esas personas esté en ese lugar conmigo.
Me siguen dando vía libre.
Y no la merezco. Hace mucho que no.
* * *
Estoy agotado cuando llego a la puerta principal de mi edificio. A mi alrededor, el centro de Knoxville bulle de vida. El conductor del Uber se detiene junto a la acera y levanto la mano para indicarle que puede marcharse.
Mientras se aleja, observo cómo las luces traseras de su Tesla se difuminan en la noche. Echo la cabeza hacia atrás y contemplo el edificio. Vivo en el séptimo piso. Mi apartamento está completamente a oscuras. No dejé ninguna luz encendida. No hay nada que invite a entrar. De hecho, ahora mismo no me apetece subir en el ascensor y sentarme en ese espacio vacío. Solo.
Sacudo la cabeza, intentando desprenderme de este ánimo turbio, de esta energía inquieta. En lugar de entrar, doblo la esquina. Hay un bar de barrio que nunca está ni demasiado lleno ni demasiado vacío. Es punto de encuentro para los vecinos y, a la vez, un sitio acogedor donde algún turista despistado puede tomarse una pinta.
Me cuelo en el Sal’s Sports Bar y suspiro aliviado. Me tomaré una cerveza, veré el partido que estén poniendo en la tele y dejaré que el murmullo de desconocidos me envuelva. Luego me iré a casa y caeré rendido.
Estoy a punto de sentarme en la barra cuando la veo. O mejor dicho, cuando la oigo.
Tiene el móvil pegado a la oreja y habla en español, rápido, entrecortado. Su tono roza el pánico. Me fijo en cómo sus uñas —cortas, limpias, sin esmalte— repiquetean contra la madera de la barra.
Melena larga y rizada, ligeramente encrespada. Ojos azul verdosos que normalmente rebosan curiosidad y ahora parecen al borde del colapso. Un puñado adorable de pecas cruzándole el puente de la nariz. Y el jersey más informe que he visto jamás sobre el cuerpo de una mujer.
Es mi acosadora.