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El Último Tanto, ebook de Gina Azzi
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El Último Tanto Ebook

Libro 5 de 5: La Serie de Knoxville Football · Formato: Ebook

Como agente deportiva de éxito, involucrarme sentimentalmente con un cliente es una línea que no pienso cruzar.

Da igual que lleve años colada por Gage.

O que sea atento hasta el extremo y condenadamente coqueto.

No voy a poner en riesgo mi carrera.

Pero cuando mi cliente favorito desaparece del mapa justo cuando tiene sobre la mesa un contrato de patrocinio, no me queda otra que salir a buscarlo.

Aunque eso implique viajar hasta Valencia, España.

Culpo al sol y al mar de bajar mis defensas.

Culpo al hombre que siempre está ahí para mí de hacer que me acerque cada vez más.

Aquí, resistirme a Gage es casi imposible.

Sobre todo cuando ve más allá de mi fachada, hasta ese cansancio que me cala los huesos y la soledad que me persigue, y se ofrece a cargar con parte de mis problemas.

No puedo enamorarme de mi cliente.

Aunque esté a punto de retirarse.

Aunque diga que soy su último touchdown.

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Muestra exclusiva: El Último Tanto, Capítulo 1

Capítulo 1: Gage
Callie: En serio, Gutierrez, ¿dónde estás?
Esbozo una sonrisa al ver su nombre iluminando la pantalla del móvil. Me reclino en la tumbona, cierro los ojos y dejo que el sol me caliente la cara. Se está de lujo… el calor, la luz, el murmullo constante de las olas de fondo.
—Esta podría ser tu vida cuando te retires —bromea mi primo Pablo, dejándose caer en la silla de al lado.
Resoplo y niego con la cabeza, sin decir nada. Desde que llegué a Valencia hace dos días para pasar tiempo con mi familia y celebrar el cincuenta aniversario de boda de mis padres, todos —aunque sea con la mejor intención— no han parado de intentar sonsacarme información.
—El caos del mercado de agentes libres ya se está calmando —me recuerda Pablo.
—Ya —murmuro, perfectamente consciente de que mis opciones de renovar como agente libre sin restricciones pintan bastante mal. Una parte de mí se plantea pedirle a Callie que contacte con los Knoxville Coyotes para intentar negociar algo, pero… otra parte empieza a pensar que quizá ha llegado el momento de retirarse.
Al fin y al cabo, tengo treinta y ocho años. Y desde que me rompí el ligamento cruzado hace unas temporadas, he perdido mucho ritmo. La rodilla todavía no se ha recuperado del todo. ¿De verdad quiero seguir machacando el cuerpo con entrenamientos cada vez más duros mientras mi rendimiento en el campo no deja de bajar?
¿Quiero seguir castigando la cabeza con la frustración de no poder rendir físicamente como hace diez años?
Suelto el aire despacio y me planteo pedir una cerveza en el chiringuito de al lado. La verdad es que no tengo ni idea de lo que quiero. Ahora que la temporada ha terminado —y además por todo lo alto, con otra victoria de los Coyotes en la Super Bowl—, las dos opciones me resultan igual de tentadoras.
Una me permite seguir con la vida que conozco. El fútbol, los entrenamientos, el equipo.
La otra me ofrece una libertad que llevo años empezando a desear. Más tiempo con mi familia, ir a los partidos y funciones del cole de mis sobrinos… joder, incluso la oportunidad de salir en serio con alguien.
El móvil vuelve a vibrar con un Nuevo mensaje y se me escapa una sonrisa al ver su nombre. Porque, claro, la única mujer con la que de verdad quiero salir es precisamente la que no me va a hacer ni caso.
Callie James ha sido mi agente durante toda mi carrera. Y llevo colado por ella exactamente el mismo tiempo. Sí, he coqueteado, pero nunca se ha tomado mis intentos en serio. Se los quitaba de encima con una risa, tenía a toda mi familia comiendo de su mano gracias a lo buena que es en su trabajo, a lo lista que es y a ese humor suyo tan cabrón… y a mí me dejaba siempre con ganas de más.
Callie: Gage, venga ya. ¿Qué está pasando? Este acuerdo de patrocinio no va a estar esperándote para siempre. De hecho, cuanto antes lo firmes, mejor posicionado estarás, hagas lo que hagas después.
Suspiro y dejo el pulgar suspendido sobre el teclado.
—Oye, primo, ¿quieres una cerveza? —pregunta Pablo en español, a toda velocidad.
—Tráeme una —respondo, mientras le doy vueltas a qué contestarle a Callie.
Y entonces decido decir la verdad.
Gage: Estoy en Valencia.
Callie: ¿España?
Hago una mueca. No se lo he dicho a nadie. Ni a mis compañeros, ni a mis amigos, ni siquiera a Callie. Tampoco es que le deba explicaciones a nadie. Pero, en el fondo, sé por qué lo he hecho: aún no estoy preparado para decidir. No estoy listo para anunciar mi retirada. Joder, quién sabe, igual aparece una oferta en las próximas semanas.
Así que me subí a un avión y desaparecí. Volví al pueblo de mi madre, a pasar tiempo con mi familia. La única que siempre está ahí para mí, aunque ahora mismo estén igual de metomentodo que toda la gente de la que huyo en Estados Unidos.
Gage: Es el aniversario de boda de mis padres. Cincuenta años.
Me muerdo el interior de la mejilla mientras escribo el siguiente mensaje. Dios, cómo me gusta picarla. Si supiera lo en serio que va todo lo que digo, aunque lo disfrace de broma…
Gage: ¿Ves lo que podríamos tener, Cal?
Me quedo mirando la pantalla mientras aparecen los puntitos indicando que está escribiendo. Se paran. Vuelven. Y desaparecen. Espero unos segundos hasta que Pablo regresa con una cerveza bien fría.
—Por ti, primo —dice, colocándomela en la mano y chocando el cuello de su botella con la mía.
Al soltar un suspiro, noto cómo la decepción me sube por el pecho al ver que no contesta. Apago el móvil y lo lanzo dentro de la mochila.
—Salud —digo, antes de darle un buen trago a la cerveza.
Después, vuelvo a cerrar los ojos.
A mi lado, Pablo sienta a su mujer, Martina, sobre sus piernas y le planta un beso sonoro en el cuello. La oigo reír, y entreabro un ojo para ver cómo se acomoda contra su pecho. Ambos vigilan a sus hijos, Jorge y Nico, que juegan en la arena con los niños de mis hermanos.
Vuelvo a cerrar los ojos.
Las voces de mi familia —esa mezcla reconfortante de español e inglés— me envuelven.
Está el típico cachondeo que siempre surge cuando nos juntamos todos. Aquí todo el mundo tiene gracia, y los comentarios vuelan rápidos, afilados, divertidísimos. Las carcajadas son constantes. Incluso entre los chillidos de los niños, distingo la risa auténtica de mi madre ante alguna historia que uno de sus hijos está contando otra vez.
Un grupo de adultos —es decir, mis hermanos— juega un partido de vóley nada amistoso contra sus propios hijos. Mis sobrinos tienen entre dos y dieciocho años.
Y mientras los escucho reír, insultarse en broma y hablar sin parar, me dejo caer en una sensación extraña, a medio camino entre la calma y la decepción. Estoy en paz porque los quiero a todos como si fueran mis propios hijos… y, al mismo tiempo, me pesa no haber intentado formar una familia. No de manera seria.
Estaba el fútbol. El equipo. Las expectativas.
Y… estaba una mujer. La mujer.
Callie James, con su pelo largo y oscuro, sus ojos color chocolate que relucen con descaro y esa sonrisa perfecta. Joder, es brillante. Negoció mi contrato con los Coyotes como una auténtica bestia. Es feroz, astuta, ambiciosa hasta decir basta. Pero también es compasiva, divertida y atenta.
Lo tiene todo.
Y después de verla luchar por mí como lo ha hecho —como ninguna otra mujer lo ha hecho jamás—, ninguna otra ha estado a su altura.
Mi cuerpo se relaja mientras la mente me lleva de vuelta a una de las primeras veces que coincidí con Callie.
Estaba en Miami con unos compañeros de la universidad, empapándome de sol y disfrutando del spring break. Ella se alojaba en nuestro hotel, llevaba apenas unos años en su carrera y había conseguido una gran oportunidad: apoyar a uno de los tenistas de su agencia que jugaba el Miami Open.
Me muerdo el interior de la mejilla al recordar aquel día.
El sol me golpea en cuanto salgo del hotel. Miro a mi alrededor: el complejo es enorme, impecable, lleno de gente por todas partes. Mujeres relajadas en tumbonas. Hombres agrupados junto al bar y las cabañas tiki. Parejas magreándose en la piscina, lejos de los niños que chillan chapoteando para llamar la atención de sus padres.
He llegado pronto. Caleb y Sam habían quedado conmigo para tomar una cerveza y comer algo antes de ir a la playa. Pero anoche nos pusimos finos y me imagino que los dos todavía arrastran la resaca. Joder, Sam igual ni siquiera se ha levantado… o sigue con alguna tía en la cama.
Me acerco a la barra y entonces la veo.
Una mujer camina hacia mí.
Lleva un bikini rojo. Tiene unas curvas de escándalo, sus voluptuosos pechos a punto de desbordar las copas triangulares. El pelo oscuro le cae por la espalda, negro como la noche, y le enmarca los hombros en ondas suaves. Sus caderas se balancean al andar.
No puedo dejar de mirarla.
Y joder, tampoco quiero.
Sonrío de oreja a oreja cuando se acerca a la barra. Ella me sostiene la mirada, sin mostrar nada más.
—¿Qué vas a tomar? —le pregunto, con la intención clara de invitarla.
Se muerde la comisura del labio mientras me recorre de arriba abajo.
—¿Eres suficientemente mayor para pedir en un bar?
Me río. Me gusta que sea directa.
—Cumplí veintidós en febrero —le confirmo.
Su expresión se suaviza y me devuelve la sonrisa.
—Entonces, un margarita con hielo. Con sal en el borde.
—Hecho.
Llamo al camarero y pido una cerveza de barril y un margarita.
—¿Estás aquí por el spring break? —pregunto.
Su sonrisa se amplía y niega con la cabeza.
—Soy demasiado mayor para el spring break. Me gradué hace seis años.
Joder. Pensaba que tenía mi edad, como mucho un año más. Aun así, su manera sutil de marcar las distancias no me echa para atrás. Si acaso, despierta más mi curiosidad.
—Entonces… ¿de vacaciones? —insisto.
Me observa unos segundos, como si valorara algo, antes de decidirse.
—En realidad estoy aquí por trabajo.
—¿A qué te dedicas? —pregunto, dando las gracias al camarero cuando deja las bebidas.
La mujer de rojo se apoya en la barra y levanta su margarita.
—Soy agente deportiva.
Choca su vaso contra el mío.
—Gracias por la copa.
Casi me atraganto con la cerveza. Toso, trago como puedo y consigo recomponerme.
La mujer se ríe, divertida. Se gira en dirección a su tumbona y entonces veo al grupo de amigos que la espera. Nos observan con una sonrisa cómplice, claramente entretenidos con la escena.
—Igual algún día me representas —le suelto.
Se vuelve y me mira por encima del hombro. Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, analizándome con una intensidad que hace que me enderece casi sin darme cuenta. Joder… está increíble.
—¿Fútbol americano o rugby?
—Fútbol americano.
Asiente.
—Entonces espero que volvamos a cruzarnos.
Y sigue andando.
—¡Yo también! —le grito.
Sus amigos se ríen y no es hasta que vuelve a reunirse con ellos cuando caigo en que ni siquiera le he preguntado su nombre.
—Bien jugado, colega —comenta el tío que tengo al lado en la barra.
No sé si lo dice en serio o con sorna. Me encojo de hombros y me alejo para tumbarme al sol mientras espero a mis compañeros.
Pero a la noche siguiente, antes de cenar, la vuelvo a ver.
Está sola en el vestíbulo del hotel y yo voy de camino al bar donde he quedado con Caleb y Sam. En cuanto me ve, una chispa de reconocimiento prende en sus ojos oscuros y sonríe.
—Gage Gutierrez. El mítico tight end de Notre Dame.
—Me has buscado —respondo con una media sonrisa, sintiendo cómo el orgullo me recorre por dentro.
Asiente.
—He preguntado por ti.
—¿Por qué?
—Porque me llamaste la atención.
Lo dice en serio, pero su expresión sigue siendo juguetona. Relajada.
Alzo una ceja.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Lo sé. Por eso —replica, tendiéndome la mano—. Callie James. Trabajo para Regal Sports Agency.
Aspiro aire con fuerza. Regal Sports juega en otra liga.
—Has oído hablar de nosotros —señala.
—¿Quién no?
Callie se ríe, ligera, musical.
—¿Quieres hacerte profesional, Gage?
Trago saliva.
—Más que nada en el mundo.
Su risa se apaga y me mira con una seriedad que me desarma. Como si atravesara toda la fachada, todo el postureo, y llegara directo a lo que soy de verdad. Como si escuchara la sinceridad en mi voz y quisiera ayudarme a alcanzar ese sueño.
—Entonces me pondré en contacto contigo. Me gustaría que trabajáramos juntos.
Hace un gesto con la barbilla hacia dos mujeres que se acercan.
—Hablamos pronto, Gage.
—Estaré esperando, Callie —respondo.
Y lo digo en serio. Mucho más de lo que mis palabras dejan entrever.
La observo alejarse y, lo juro, me enamoro de ella en ese mismo instante. Aunque ella no tenga ni idea. Aunque nadie la tenga.
Callie me escribe la semana siguiente y, tres semanas después, firmo con ella y con Regal Sports. Ese acuerdo acaba de un plumazo con cualquier posibilidad de que entre nosotros haya algo más que una relación profesional.
Porque Callie no mezcla trabajo con placer.
Nunca lo ha dicho explícitamente, pero jamás la he visto —ni he oído— salir con ninguno de sus clientes. Llevo dieciséis años siendo uno de ellos. Para ella, lo primero es el trabajo y, aunque admiro eso a rabiar —y la admiro a ella—, ojalá me diera una oportunidad.
Un cubo de agua helada me golpea en el estómago y me arranca de golpe de mis recuerdos. Me incorporo de un salto. Abro los ojos y veo a cinco de mis sobrinos corriendo hacia el mar, dejando caer cubos de agua sobre la arena a su paso.
—¡Seréis cabrones! —les grito, poniéndome en marcha.
La rodilla se me queja con el movimiento brusco, pero la ignoro mientras corro tras ellos hacia el agua.
Se parten de risa, mirando por encima del hombro con los ojos brillantes. Cojo a mi sobrina pequeña, Ariella, y la lanzo hacia una ola que rompe.
—¡Yo ahora! —grita Matteo, levantando los brazos para que lo coja.
Lo alzo y lo lanzo después. Y entonces todos los niños se pelean por mi atención.
Paso la siguiente hora en el mar con mi familia, jugando con los pequeños, dando consejos a los mayores y esquivando las miradas inquisitivas de mis hermanos.
¿Te vas a retirar?
¿Vas a quedarte más por aquí?
¿Vas a sentar la cabeza como nosotros y tener… todo esto?
Un vacío agobiante empieza a roerme por dentro, justo en el pecho, pero me lo quito de encima con un gesto. Me obligo a centrarme en el momento. Sonrío a mi madre y saludo con la mano a mi padre, que nos observa a todos desde sus tumbonas, colocadas justo al borde del agua.
La tarde pasa volando, como siempre que estoy con los míos, y no miro el móvil ni una sola vez. De hecho, ni siquiera lo enciendo en los dos días siguientes. Ahora mismo, estar desconectado del mundo me sienta bien. Lo necesito.
* * *
—Jake, el vino tinto, no el blanco —dice Svetlana, señalando a su hijo.
—El de la Rioja —añade mi hermano Joe, el marido de Svetlana.
—El favorito de la abuela —remata ella.
—Una botella famosísima y nadie se acuerda de cómo se llama —refunfuña Jake mientras vuelve a la bodega en busca de la correcta.
—¿Cuándo le dio por ponerse así? —pregunta mi tía María.
Svetlana se ríe.
—El día que cumplió trece.
Mi padre suelta una carcajada.
—De eso hace ya cinco años.
—Y seguimos sufriéndolo —añade Svetlana con una sonrisa de lo más tranquila.
—Aquí el vino corre como el agua —comenta mi sobrina Carla, de dieciséis años, con una mirada cargada de reproche.
—Cariño, tenemos que emborrachar al tío Gage para que nos diga si va a anunciar su retirada o no.
Gimo, cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás.
Carla se ríe y me agarra de los hombros. Me planta un beso rápido en la mejilla.
—No te preocupes, tío. Seguirás siendo mi favorito juegues o no al fútbol.
—¡Eh! —protesta Joe—. ¿Y yo qué?
—En tu casa hay demasiado ruido —replica Carla sin dudar—. Además, los amigos de Jake se comen todos los snacks buenos.
—Eso es verdad —confirma Svetlana.
Suena el timbre y aparto la silla para levantarme.
—Salvados por la campana —murmura mamá.
Le guiño un ojo mientras voy hacia la puerta.
Al abrir, doy un pequeño traspié hacia atrás. Parpadeo. La sorpresa me estalla en el pecho.
—Callie.
Mi agente está en el umbral. El pelo negro le cae en ondas por la espalda y los hombros. Normalmente lo lleva recogido en un moño pulido, pero joder… me encanta verla así, suelta. Me recuerda a aquel primer día, junto a la piscina del hotel. Natural, salvaje, con esas ondas que invitan a perderse en ellas.
Arquea una ceja y sus ojos brillan.
Contengo la sonrisa, leyendo perfectamente la frustración en su mirada.
—¿Has apagado el teléfono, Gutierrez?
Resoplo, cruzo los brazos sobre el pecho y apoyo el hombro en el marco de la puerta.
—¿Has venido hasta aquí solo para decírmelo, Cal?
Sus ojos se entrecierran, pero enseguida su atención se desplaza por encima de mi hombro y una sonrisa cálida se dibuja en sus labios.
—¡Callie, cariño! —exclama mi madre con una alegría desbordante—. Gage no me dijo que venías. ¡Pasa, pasa!
Por dentro, gimo. Conozco a mi familia: van a acaparar toda la atención de Callie y a devorarla antes de que yo tenga oportunidad de preguntarle por qué ha venido.
¿Será por el acuerdo de patrocinio?
Claro que es por el acuerdo de patrocinio.
—Hola, señora Gutierrez. Feliz aniversario —dice Callie.
Mi madre la envuelve en un abrazo y la arrastra hacia dentro, cruzando el umbral de la enorme casa que mis padres construyeron hace años, cuando la familia empezó a crecer. Por suerte, yo tengo un apartamento cerca.
Por mucho que adore estar con ellos… Carla tenía razón. Aquí siempre hay demasiado ruido y los snacks buenos nunca llegan a la noche.
—Gracias, cielo —responde mamá con sinceridad, enlazando su brazo con el de Callie mientras la guía hacia la cocina—. Ven, debes de tener sed. Acabamos de abrir varias botellas de vino.
—Oh, yo… —La voz de Callie se pierde en cuanto entra en la cocina y estalla un coro de saludos.
Niego con la cabeza y cierro la puerta.
—Espabila —dice Jake, observándome desde la escalera.
—¿Qué? —suelto, riéndome.
—Está clarísimo que te gusta —apunta Carla.
Alzo las cejas, sintiendo otra oleada de sorpresa.
—Yo…
—Venga, tío. Se te nota —insiste Carla.
Jake asiente, dándole la razón.
—Y ahora está aquí, muévete y haz algo, tío.
—Es ahora o nunca —añade Carla.
Entrecierro los ojos y miro a esos dos pequeños demonios.
Pero esta vez… creo que tienen razón.