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La Serie de Knoxville Football Pack de ebooks

Serie: La Serie de Knoxville Football · Formato: Ebook

Enamórate de los Knoxville Coyotes: cinco adictivos romances de fútbol americano llenos de química, tensión y finales felices inolvidables.

Consigue la serie completa de 5 libros y ahorra con el pack.
Sin esperas, sin cliffhangers: una sola experiencia romántica para devorar de principio a fin.

Adorada por miles de lectoras de romance

Qué esperar: relación falsa, bebé sorpresa, proximidad forzada, amor prohibido, matrimonio de conveniencia

Qué incluye:

Fingir y Fallar – El mejor amigo de su hermano + relación falsa + una sola cama
Sorprendido y Sometido – Segunda oportunidad + bebé sorpresa
Tentada y Tacleada – La hija del entrenador + una tentación prohibida
Atados y Atrapados – Matrimonio de conveniencia + leyenda del fútbol americano
El Último Tanto – Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España

Si te encantan los romances deportivos con pasión y corazón, esta es tu próxima lectura para devorar.

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Libros del pack

Antes de empezar

La serie
Parte de La Serie de Knoxville Football, 5 libros en total.
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Lectura
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Muestra exclusiva: Libro 1, Fingir y Fallar, Capítulo 1

Capítulo 1: Cohen
La barra metálica vibra cuando vuelvo a colocarla en el soporte. Las manos me resbalan y suelto un juramento mientras busco una toalla para secarme el sudor de la cara. Hoy he subido el peso y mi cuerpo lo está notando.
—Joder, Cohen, ¿cuánto tiempo te has tomado de descanso este verano? —mi capitán de equipo, y amigo desde siempre, se ríe.
—Ninguno —respondo, incorporándome—. ¿Y tú?
Avery Callaway, nuestro engreído quarterback, sonríe de oreja a oreja.
—He estado en el gimnasio. Doble sesión diaria. —Flexiona los bíceps de forma exagerada. Le dedico un corte de mangas.
—Sí, claro —me río, sabiendo perfectamente que Callaway estuvo desaparecido la semana pasada, en alguna especie de maratón sexual con una modelo de Sports Illustrated de principios de los 2000.
Desde su ruptura pública con Mila Lewis, otra buena amiga mía, Avery ha entrado en caída libre en lo sentimental.
No es que yo esté mucho mejor. Salgo con una mujer tras otra esperando sentir algo—una chispa, una conexión, ganas de algo más que el momento—, pero no lo he conseguido. Para ser sincero, ya me he rendido.
Si Cupido quiere derribarme, va a tener que lanzarme una flecha directa al corazón.
—Hacía tiempo que no te veía —comento, poniéndome en pie.
Avery se sienta en el banco y me coloco detrás para hacerle de apoyo.
Encoge los hombros.
—He tenido unas semanas movidas.
Levanto una ceja.
—¿La MILF te ha dejado?
Resopla.
—Vete a la mierda. —Termina una serie y se incorpora para beber agua—. No, es que Raia está en casa.
Frunzo el ceño. La última vez que supe de la pequeña Raia Callaway, estaba entrenando para jugar al fútbol en Europa. Ese siempre había sido su sueño: jugar unos años fuera y luego volver a Estados Unidos para demostrarles a las niñas que también podían ser futbolistas profesionales.
Por eso fue a aquel internado pijo en Nueva Inglaterra. Por eso apenas pisaba nuestro pueblo en verano. Por eso hemos perdido el contacto estos últimos años...
¿Qué la habrá hecho cambiar de rumbo y volver ahora?
—¿Por qué? —pregunto, sin entender nada.
Avery suelta un suspiro largo.
Una punzada de inquietud me recorre el cuerpo.
—¿Está bien?
—Sí, estará bien —responde sin dar ni un solo detalle.
Espero, impaciente.
Da otro trago de agua.
—Brooks rompió con ella.
Arrugo la frente, confundido. ¿Raia Callaway ha vuelto a casa porque un pijo de mierda le ha roto el corazón?
—¿Y? —insisto, sabiendo que hay más.
—Justo antes de un partido importante.
Echo la cabeza hacia atrás y gimo. Ojalá no vaya a donde creo.
—Estaba distraída.
—Chocó con otra jugadora y cayó al suelo —confirma Avery.
—¿Qué tan grave fue? —Tiene que serlo si está en Knoxville y no en Bolonia o Barcelona.
—Costillas rotas, un hombro desplazado y una hiperextensión de rodilla. Por separado, podría haber tirado con las lesiones, pero juntas...
—Lesionada todo el verano —concluyo.
—Exacto —asiente Avery, tumbándose para hacer otra serie.
Me coloco detrás para vigilarlo, fijándome en lo concentrado que está. Ese es Avery. Puede dejar a un lado su vida personal y centrarse en el fútbol todo el día, todos los días, si hace falta. Luego desconecta y se mete de lleno en su vida privada.
Por eso fue tan buen novio para Mila durante tantos años… hasta que dejó de serlo. Por eso puede mantener su fama de conquistador sin perder la de chico de familia. Por eso es uno de los mejores quarterbacks del país y el motivo de que nuestro equipo lleve el lema de El orgullo del fútbol sureño.
Yo no tengo esa capacidad. Así que, mientras él termina su serie, mi mente da vueltas.
—¿Cuándo volvió? —pregunto.
—Hace unas semanas.
—¿Cómo está?
—Aguantando.
—¿Y el ex? —insisto.
Avery me lanza una mirada.
—Brooks nunca fue para ella. Es buen tipo, pero…
—¿Pero?
—Aburrido hasta decir basta. Mi hermana se cree que le van los tipos elegantes y rancios de Nueva Inglaterra, pero se cansó de él hace dos años. Ahora está demasiado dolida para verlo, pero que él la dejara ha sido lo mejor que podía pasarle. Solo que, ya sabes, no justo antes de un partido.
—Claro —murmuro.
Avery termina su última serie y yo me cambio de máquina. Intento concentrarme en los ejercicios, pero mi cabeza sigue volviendo a Raia.
Hace años que no la veo, pero en su día era como una hermanita para mí. Cansina a más no poder, pero adorable. Siempre supe que a Avery no le caía bien Brooks y, siendo sincero, yo tampoco entendí nunca qué veía en él, aunque parecía feliz.
Joder, me cabrea pensar que esté de vuelta, con el corazón roto y sin poder jugar. Para un deportista, no poder practicar su deporte es su propio infierno.
Me apunto mentalmente pasarme por casa de los Callaway esta semana. Animarla un poco. Total, no tengo nada mejor que hacer.
Gruño al empezar mi siguiente serie.
No, ahora mismo tengo que volver a centrarme. Campamento de entrenamiento, pretemporada, fútbol.
No hay tiempo para nada más.
Lleva años sin haberlo.
* * *
Es unos días después cuando por fin saco tiempo para pasarme por casa de los padres de Avery.
Mi madre reclamó mi presencia en la tradición anual de enlatado de tomates. Mi hermano, Cooper, me convenció para acompañarle a él y a sus colegas en una excursión en bici que duró todo el día.
Pero al final de la semana, con el campamento de entrenamiento arrancando el lunes, llamo al timbre de los Callaway. Es curioso, pero plantarme en su porche me transporta a cuando era un crío enclenque de nueve años y deseaba que Avery y Raia estuvieran en casa. Vivía para esas tardes en las que los tres jugábamos al escondite o al pilla-pilla hasta que se encendían las farolas.
—¡Cohen Campbell! —La señora Callaway abre de par en par la puerta—. ¡Hacía siglos que no te veía en este porche!
—Justo estaba pensando lo mismo. —Sonrío antes de besarla en la mejilla a modo de saludo. Le tiendo un ramo de flores.
—¡Oh! Son preciosas. —Se ilumina mientras examina las peonías rosas—. ¿Son para la paciente?
Me río y levanto una caja de brownies.
—No, las flores son para ti. El chocolate, para la paciente.
—Eres un buen hombre —bromea la señora Callaway.
—¿Cómo se encuentra Raia?
—¿Aparte de insoportable?
Suelto una carcajada.
—Siempre fue ferozmente independiente.
—Así es —asiente la señora Callaway mientras la sigo hacia la cocina—. ¿Quieres un café? Aviso a Raia de que estás aquí.
—Me sirvo yo —le aseguro.
Aunque los Callaway desprenden hospitalidad sureña, llevo tanto tiempo formando parte de su familia que me siento como en casa.
—Mi madre tiene tarros de salsa de tomate para ti. Quería traerlos hoy, pero te los dejo la semana que viene —prometo.
—Puedo pasar a recogerlos. Hace mucho que tu madre y yo no charlamos y ahora, con todos los niños en casa…
—¿Hay mucho de lo que cotillear? —adivino.
Ella sonríe de medio lado.
—Raia me está sacando de quicio —admite antes de dirigirse al cuarto de su hija—. ¡Raia, Cohen está aquí!
Me río mientras me sirvo una taza de café y me dejo caer en la mesa de la cocina. Todo en esta cocina está exactamente como lo recuerdo. Comer helados en verano, lanzarle una naranja a Avery por encima de la cabeza de Raia mientras ella intentaba interceptarla. Hacer lo mismo con Mila años después, cuando los tres éramos uña y carne, aunque yo siempre fuese el sujetavelas.
Un momento después, mi amiga de la infancia, la que estaba tan unida a mí como a su hermano, se apoya en el marco de la puerta.
Y me quedo congelado.
Porque la pequeña Raia Callaway ya es toda una mujer.
Lleva unos shorts ciclistas negros y una camiseta oversize. El pelo recogido hacia atrás, retorcido y sujeto con una pinza. Va descalza y sin maquillar. Está informal y cómoda… y jodidamente guapa.
—Hola, campeona —me pongo en pie.
Raia hace una mueca al entrar en la cocina y algo me tira del pecho. Al acercarme, noto los moratones difuminados bajo su mandíbula.
Alargo la mano con cuidado y paso el pulgar por la mancha verdosa-amarilla.
—Te dieron bien —murmuro.
—Tendrías que ver a la otra —me contesta con chispa.
Sonrío y abro los brazos. Raia se deja abrazar y me agarra por la espalda de la camiseta.
—Me alegro de que estés en casa —le digo con sinceridad.
Asiente pero no contesta. Es evidente que preferiría estar en Europa, jugando al fútbol y viviendo su sueño, antes que sudar la gota gorda en Tennessee en pleno julio.
La sostengo un segundo más de lo que debería y me sorprende lo bien que huele. Lo suave que se siente. Es la misma de siempre y, a la vez, totalmente distinta.
Me aparto y señalo la caja de pastelería.
—Te he traído brownies.
Raia sonríe y su cara se abre como una flor al desplegarse.
—Son mis favoritos.
—Lo recuerdo —respondo en voz baja, abriendo la caja y sirviéndole uno.
Se sienta en una de las sillas de la cocina y deja que le sirva una taza de café.
Señala el pasillo.
—No le digas a mi madre que te he dejado servirme.
Suelto una risa y le dejo la taza delante.
—¿Ah, sí? ¡Ni que fuese una novedad! Me pasé la infancia entera mimándote.
Raia me da un toque con el pie descalzo y sus uñas fucsias me rozan la pantorrilla.
—Dame un respiro, Cohen. Estoy convaleciente.
—Te dejaron hecha polvo, ¿eh? —doy un sorbo a mi café.
Su mano va al centro del pecho, presionando como si quisiera sujetarse el corazón. No estoy seguro de que se dé cuenta.
—Sí. Ha sido un golpe duro.
Asiento, preguntándome si habla de fútbol o de Brooks.
Pero no lo pregunto, porque una parte de mí no quiere saberlo.
Una oleada de protección me recorre mientras la observo con curiosidad.
¿Echa de menos a Brooks? ¿O llorando la posibilidad perdida de empezar su carrera futbolística en el extranjero este verano?
¿Siguen hablando? ¿Intentando arreglarlo?
Joder. Una punzada de rabia me late en las sienes.
¿Por qué coño me importa tanto?
Carraspeo.
—¿Cuál es el plan ahora?
Raia entrecierra los ojos.
—¿Te refieres a ahora que Europa ya no es una opción?
Me encojo de hombros.
—Casi me había decidido por España —admite, chupándose el chocolate derretido del pulgar.
Mierda. Me remuevo incómodo en la silla mientras la observo. El caso es que Raia no está intentando ser seductora. No está intentando nada.
Y, aun así, me atrae de un modo en el que no debería. De un modo en el que no quiero que me atraiga.
—Voy a recuperarme, machacarme en el gimnasio y pelear por una plaza la próxima temporada con todo lo que tengo —dice entre dientes, con la convicción dibujada en la cara.
Sonrío ante la determinación de su tono.
—Bien.
—No soy de las que se rinden, Campbell —me recuerda, levantando la barbilla.
—Nunca te tomé por una, Callaway.
La comisura de la boca de Raia se curva y da otro bocado a su brownie.
—¿Y tú qué? ¿Listo para el campamento de entrenamiento?
Me estiro en la silla, relajándome ahora que hablamos de un tema seguro. Fútbol.
—Listo. Estoy deseando que empiece la temporada. Este año tenemos un buen equipo.
Raia arquea una ceja.
—Y un rookie con talento.
—Sí —asiento—. West viene de UCLA. Es rapidísimo. No me sorprendería que batiera el récord de yardas de carrera en su carrera.
Raia sonríe.
—¿Y tú piensas batir algún récord?
Le devuelvo la sonrisa.
—Solo los míos. El año pasado me quedé en menos de 1.800 yardas recibidas. Este quiero demostrarme que puedo superarlo.
—Entonces lo harás —afirma sin más.
—¿Tú crees, campeona?
—Lo sé, Cohen. Eres capaz de todo lo que te propongas.
Inclino la cabeza en señal de agradecimiento. Siempre he tenido una buena red de apoyo, pero oír esa sinceridad en la voz de Raia me llega de otra manera.
Su fe en mis capacidades futbolísticas, en mí, me motiva. Me suma hambre por demostrar lo que valgo. Por ser suficiente.
No recuerdo la última vez que una mujer tuvo este efecto en mí.
Jamás pensé que sería la pequeña Raia Callaway.