
Tentada y Tacleada Ebook
Talon Miller, kicker de los Knoxville Coyotes, es territorio prohibido.
Para empezar, mi padre es el entrenador jefe del equipo. Y yo no salgo con sus jugadores.
Además, sigo intentando recomponerme tras una ruptura.
El hombre con el que creía que iba a casarme me hizo daño de formas que aún estoy tratando de asimilar. Sé perfectamente que no debería lanzarme a otra relación. Mucho menos con un jugador de fútbol americano carismático, magnético y más grande que la vida.
Cuando mi padre asigna a Talon como mi acompañante para una escapada de fin de semana con amigos, la humillación me abruma. Pero ese fin de semana resulta ser mucho más de lo que cualquiera de los dos esperaba.
Empiezo a ver al verdadero Talon. Al hombre detrás de la fama de encantador y mujeriego. Es atento y perspicaz, comprensivo y sincero. Y está decidido a protegerme.
Con Talon me siento segura. Cuidada. Y, sin darme cuenta, empiezo a confiar en él. A abrirme. A desearlo.
Una chispa prende entre nosotros y lo cambia todo. Porque estoy atrapada en una situación en la que no debería estar. Y Talon está dispuesto a placar a mis demonios.
Incluso a aquellos que amenazan con destruirme.
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Muestra exclusiva: Tentada y Tacleada, Capítulo 1
—¡Qué ilusión que ya estés de vuelta en casa! —chilla mi mejor amiga, Marlowe.
Su voz alcanza un tono tan agudo que el móvil sale disparado por el salpicadero de la camioneta de papá y cae al suelo, bajo el asiento del copiloto.
—¿Leni?
—¡Perdona! —exclamo, inclinándome para tantear el teléfono a ciegas—. Te he tirado —añado mientras me incorporo de golpe y piso el freno—. ¡Dios mío! ¡Lo siento muchísimo! —le grito, horrorizada, al anciano que me está poniendo verde por casi chocar con él.
Después de dos años moviéndome en metro por Nueva York, puede que se me haya olvidado conducir.
Paso junto a él muy despacio. Me pita sin piedad y yo me encojo, notando cómo se me encienden las mejillas. Otro error más.
—¿No tienes Bluetooth? —pregunta Marlowe—. El móvil debería sincronizarse solo cuando…
—Voy en la camioneta de papá.
—Ah… —murmura—. Entonces más te vale mirar la carretera.
Tiene razón. Lo último que necesito es estrellar la camioneta de papá y que mis padres estén aún más preocupados por mí. Suspiro y retomo el camino hacia las instalaciones de entrenamiento del equipo de fútbol americano, donde papá está con el training camp.
—Se ha ido con unos jugadores. Dice que es para hacer piña.
—¿Con cuáles? —interviene Marlowe, en tono juguetón. Le encanta tontear con otros chicos, sobre todo si consigue que su novio, Toby, se ponga celoso. No me preguntes por qué. Toby es su amor de instituto, uno que jamás debería haber sobrevivido a esa época.
—Seguramente con Cohen y Avery —respondo, mencionando a dos de los veteranos de papá. El carismático receptor abierto y el aclamado quarterback son la base de los Knoxville Coyotes.
—Bah. Esperaba que dijeras West Crawford —contesta mi amiga, loca por los tíos.
Pongo los ojos en blanco. La temporada pasada, el novato West ayudó a ganar la Super Bowl y eso lo catapultó a la fama de la noche a la mañana. Pero…
—¡Va a ser padre!
—Ya lo sé —se lamenta Marlowe—. Y su novia tiene un vestidor de infarto. Te lo juro, son la pareja perfecta.
West Crawford y Nova Martin no son solo la pareja perfecta. Son… la vida perfecta. Es un hecho.
—¿Cuánto tiempo estará tu coche en el taller? —pregunta Marlowe.
—Solo unos días. Papá lo ha arrancado de vez en cuando, pero nadie lo ha conducido en estos dos años. Quiere revisarlo todo antes de dejarme volver a la carretera.
—¡Genial! Así lo tendrás listo para mi fiestón de cumpleaños dentro de un par de findes —celebra.
Intento sonreír, pero la sonrisa se me queda a medias y la vergüenza me atraviesa. Debería estar ilusionada por celebrar el cumpleaños de mi mejor amiga. Pero no me apetece brindar por nada. Ni por nadie.
Desde que Craig y yo rompimos hace cinco días y tomé la difícil decisión de dejar Nueva York y volver a casa, me siento como un fracaso. Un fracaso épico. Preferiría esconderme antes que socializar.
Llevo cuatro días en Knoxville —volví a casa de mis padres la noche siguiente a que todo se torciera— y esta es la primera vez que salgo de casa.
Una parte de mí se pregunta si mi coche está bien y papá me ha pedido que vaya a recogerlo solo para que vea el cielo azul y respire aire fresco. No sería raro.
—Vas a venir, ¿verdad? —pregunta Marlowe, y percibo la herida bajo su tono.
El nudo en mi estómago se expande y me dan ganas de vomitar. Aprieto el volante y echo los hombros hacia atrás.
—Claro que voy a ir.
Gracias a Dios, la voz no me tiembla. De hecho, sueno convincente.
—¡Bien! —chilla Marlowe—. Te has perdido los dos últimos —me recuerda, echando más leña al fuego de la culpa sin darse cuenta.
—Estaré allí —prometo.
Cada año, Marlowe organiza un fiestón de fin de semana en la casa junto al lago de los padres de Toby, a una hora y media más o menos de Knoxville. Los días soleados los pasamos en el agua. Las tardes, haciendo barbacoas. Y las noches… de fiesta. Mucha fiesta.
—¿Vais a cenar con Freddy o prefieres quedar con Toby y conmigo para una pizza? —pregunta, cambiando de tema.
Que llame Freddy a mi padre —mi estricto, protector y descomunal entrenador de fútbol americano, Friedrich Adler Strauss—, no consigue arrancarme la sonrisa habitual. Lo único en lo que puedo pensar es en que me está invitando a otro plan en el que tendría que dejarme ver.
Sonreír. Hablar. Fingir que todo está bien.
Trago saliva. Solo con imaginarlo se me revuelve el estómago. Joder. Odio sentirme tan indefensa. Tan débil.
¡Ha sido solo una ruptura estúpida!
Es más que eso, susurra mi conciencia.
—No serías la sujeta velas —añade Marlowe antes de que pueda contestar—. Keller también viene —dice, refiriéndose a su primo y a uno de nuestros amigos más cercanos.
Me aclaro la garganta.
—Gracias por la invitación, pero ceno con papá.
—Sin problema. Ahora que estás en casa, tenemos todo el tiempo del mundo para quedar a cenar, tomar algo y pasar el rato. ¡Ay! ¡Hasta podemos hacer una doble cita!
Clavo el freno en cuanto pronuncia esas palabras, obligando al coche de detrás a esquivar la camioneta. El conductor toca el claxon con rabia y me dedica un corte de mangas.
Mierda.
Aparco la camioneta al borde de la carretera y apoyo la frente contra el volante, inhalando una bocanada de aire.
—¿Sabes quién está buenísimo? Brandon Hensil. ¿Te acuerdas? Iba contigo a Escritura Creativa en segundo. Desde que terminó la carrera se ha puesto súper en forma. Toby es amigo suyo y puede hablarle bien de ti. Trabaja en…
—No estoy preparada para salir con nadie —consigo decir entre dientes.
—Bueno, quizá no esta semana, que lo de Craig todavía está reciente, pero…
Dejo de escucharla. El nudo en mi estómago se vuelve líquido y la náusea me sube hasta la garganta. La última persona a la que dejaría organizarme una cita es Toby, pero no es eso lo que duele. Es oír el nombre de Craig. Solo escucharlo me quema los párpados, llenándolos de lágrimas que no llegan a caer.
Nos conocimos un mes después de que me graduara en la universidad y me enamoré de él al instante. Fue una de esas conexiones cursis, de amor a primera vista, con las que siempre había soñado. Y, de pronto, ocurrió.
La misma semana que empecé a trabajar a jornada completa en Henley Events, me fui a vivir con Craig.
Los primeros seis meses fueron pura felicidad. Puede que estuviéramos jugando a las casitas, pero nada me había parecido tan real en toda mi vida.
Seguro. Estable. Fiable.
Trabajaba en finanzas, en Wall Street. Nada que ver con los jugadores de fútbol americano alborotadores y fiesteros de los que papá siempre me advertía que me mantuviera lejos.
Puede que Craig no levantara cien kilos en press de banca ni lanzara el balón con una espiral perfecta, pero era un visionario con mentalidad empresarial que prefería la estabilidad… o eso creía yo.
Es curioso cómo los atletas cargan con la fama de juerguistas, mientras que los chicos de Wall Street que paladean whisky escocés y esnifan cocaína con total naturalidad son vistos como “formales”. Sea como sea, las cosas empezaron a torcerse hasta que, hace cinco noches, todo salió horriblemente mal. Llamé a mamá a primera hora de la mañana siguiente y volví a casa sin mirar atrás.
Y desde que regresé, la cruda realidad de mi vida con Craig me persigue. Los recuerdos. Sus mensajes de texto aleatorios, que siguen poniéndome en tensión. Recordándome que, aunque me haya ido de Nueva York, no he escapado de él. No del todo.
Mamá y papá saben que hay algo más detrás de mi repentina nostalgia, y todavía no tengo claro cuánto quiero contarles. No sé cuánto quiero contarle a nadie. Por eso tampoco le he dicho nada a Marlowe. En lugar de abrirme, he puesto distancia entre nosotras.
Mientras Marlowe sigue parloteando, vuelvo a incorporarme a la carretera.
Tendré que decidir pronto qué hacer, porque cenar con papá promete convertirse en un interrogatorio. De hecho, me sorprende que me haya dado cuatro días para adaptarme a estar de vuelta en casa. Seguro que ha sido cosa de mamá, pidiéndole que me deje un margen. Pero el entrenador Strauss no es precisamente un hombre paciente cuando se trata del bienestar de sus hijas.
Físicamente, estoy hablando con mi mejor amiga.
Mentalmente, me preparo para la cena con papá.
Emocionalmente… estoy al borde del abismo.
¿Debería haber dejado a Craig antes? ¿Soy una fracasada por haber abandonado Nueva York y un trabajo en una de las agencias más importantes de la ciudad? ¿Fui demasiado ingenua, demasiado confiada? ¿Tendría que haberlo visto venir desde el principio?
—¡Uy, me tengo que ir! ¡Es Toby! —se interrumpe Marlowe a sí misma.
Parpadeo para contener las lágrimas que me asaltan sin permiso.
—Nada, Mar —murmuro—. Ya estoy llegando —añado mientras entro en el aparcamiento de las instalaciones de entrenamiento—. ¿Hablamos luego?
—Sí, te llamo. Dale recuerdos a Freddy y no te olvides de contarle lo de mi finde de cumpleaños.
Cuelga.
Aparco la camioneta de papá en su plaza reservada.
Apago el motor y dejo escapar un suspiro tembloroso. Intento reunir algo de determinación. Algo de coraje.
Antes me encantaban las cenas con papá. Y lo cierto es que lo echo de menos. Odio la distancia que ha crecido entre nosotros desde que me fui. No fue la ciudad la que abrió esa brecha… Fue Craig. No. Fue la versión de mí que surgió estando con Craig.
Cojo el bolso, bajo de la camioneta y llamo a papá.
—¡Hola! —responde su voz grave al segundo tono.
—Hola, papá. Ya he llegado.
—Bien, bien. Estoy terminando unas cosas.
Claro que sí. Mi padre está totalmente volcado en este equipo y siempre está “terminando unas cosas”. Eso puede significar diez minutos… o dos horas.
—Sin problema.
—Voy a mandar a un jugador para que te acompañe.
—Vale —acepto, con los nervios vibrándome bajo la piel ante la idea de quedarme a solas con uno de esos enormes jugadores de fútbol americano.
He estado fuera dos años y, salvo unos cuantos veteranos, la plantilla de los Coyotes es bastante nueva. Si manda a alguien a quien no conozco, ¿de qué hablamos? ¿Qué se supone que tengo que decir?
¿Y en qué momento se me olvidó cómo mantener una conversación trivial?
—Ve a la entrada principal y ahora nos vemos.
—Ahora nos vemos.
Cuelgo y camino hacia la entrada principal.
Hace calor, pero disfruto del sol sobre la piel. Durante años, Nueva York fue mi sueño. El ritmo frenético, los eventos de alto perfil, las grandes recompensas. Luces brillantes y posibilidades deslumbrantes.
Pero en algún momento de estos dos últimos años entendí que no encajaba del todo. Y, en el fondo, tampoco me importaba. Echaba de menos los cielos azules y el sol, los vestidos vaporosos y las coronas de flores, las fiestas antes de los partidos y los viernes por la noche iluminados por los focos del estadio.
Echaba de menos mi casa, mi familia, lo familiar.
Mi novio de Wall Street, el trabajo en la agencia de prestigio y el apartamento con vistas a Central Park empezaron a palidecer frente a mi ciudad natal.
Todavía me cuesta admitirlo en voz alta. En algún rincón de mi mente, oigo a Craig burlándose y llamándome “básica”.
Llego a la entrada principal y la puerta de cristal se abre cuando un chico sale al exterior.
Alzo la vista… y me quedo clavada en el sitio al encontrarme cara a cara con Talon Miller.
Es el kicker estrella de los Coyotes. Divertido, con esa sonrisa ladeada permanente, salvaje en el mejor sentido. Parece el alma de cualquier fiesta. Acaparó titulares después de que los Coyotes ganaran la Super Bowl y, aunque papá refunfuñó al respecto, lo hizo con una media sonrisa que me dejó claro que, en el fondo, Miller le cae bien.
Lo he visto varias veces, pero no lo conozco. No como conozco a Cohen Campbell y a Avery Callaway. Miller lleva menos en el equipo, dos o tres temporadas, y yo he estado fuera casi todo ese tiempo.
Aun así, reconozco a cualquier jugador de los Coyotes a primera vista y podría recitar sus estadísticas de memoria. El trabajo de mi padre suele colarse en la mayoría de nuestras conversaciones. Sobre todo desde que me quedé sin cosas que contarle en nuestras llamadas semanales. Porque si me hubiera sincerado con él, habría cogido el primer vuelo a Nueva York.
La mayoría —por no decir todos— los jugadores de los Coyotes son atractivos. Pero Talon Miller tiene algo que me deja sin aire.
Es alto y estilizado, con hombros anchos y la cintura estrecha. Lleva el pelo castaño rojizo, muy corto a los lados y más largo arriba. Una barba de varios días le sombrea la mandíbula. Sus labios carnosos se curvan en una sonrisa ladeada. Y sus ojos… grises con motas verdes… brillan con una chispa traviesa.
No se parece en nada a Craig.
Y mientras el corazón me golpea contra el esternón, una punzada de atracción que no sentía desde hace semanas —¿meses?— prende de nuevo, viva y repentina.
Suelto un suspiro de alivio al comprobar que todavía soy capaz de sentir algo por un hombre. Que no estoy rota.
—Por fin conozco a Leni Strauss —dice a modo de saludo, tendiéndome la mano.
Le sonrío, agradecida, y coloco la mía en la suya, ignorando lo grande que es su palma. Sus dedos están cálidos cuando se cierran alrededor de los míos.
—Encantada de conocerte oficialmente, Talon.
Las comisuras de su boca se elevan y me suelta. Me llevo la mano a la espalda, consciente de que aún me hormiguea donde me ha tocado.
—Tu padre está feliz de que hayas vuelto —añade con amabilidad.
Lo único que consigue es que me sienta peor por haber estado tanto tiempo lejos. Talon me sujeta la puerta y me mira de reojo.
—¿Piensas quedarte en Knoxville definitivamente?
Ahí están. Las preguntas empiezan.
Sé que no lo hace con mala intención. Solo intenta romper el hielo. Pero el corazón me retumba en los oídos y la visión se me nubla.
Sí. No puedo volver a la ciudad.
Las palabras giran en mi cabeza, se me posan en la punta de la lengua… y aun así soy incapaz de pronunciarlas en voz alta.
No debería permitir que una ruptura me aleje de una ciudad que adoro. Pero es más que eso. Y nadie lo entiende de verdad.
Entro en el edificio y él me sigue.
Definitivamente. Suena tan imponente y, sin embargo… supongo que es la verdad. Apenas he tenido tiempo de asimilar este cambio de vida.
—Ese es el plan —respondo con un tono demasiado alegre. Falso.
Me da un ligero golpecito con el brazo en el hombro. Me tenso al instante, un cosquilleo nervioso recorriéndome el cuerpo.
—¿Contenta con la decisión? ¿O te costó dejar atrás las luces de la gran ciudad?
Alzo la vista hacia él, incapaz de descifrar si me está tomando el pelo. Su tono es demasiado familiar para alguien a quien acabo de conocer. Y, sin embargo, sus preguntas ya rozan cosas que intento mantener ocultas bajo la superficie.
Me sostiene la mirada. Sus ojos son sinceros.
—Un poco de todo —admito con honestidad—. Es… agridulce.
Suspira y asiente, como si entendiera el significado que esconden mis palabras.
—Ojalá sea más dulce que amargo.
—Ya veremos —murmuro.
Vuelve a mirarme, estudiándome el rostro, recorriendo mis facciones como si buscara algo. ¿Qué? ¿Una reacción? ¿Una emoción?
¿Lo sabe? ¿Puede notarlo?
Frunzo el ceño, confundida por este intercambio. No es nada… y, sin embargo, parece algo. No lo entiendo. No lo entiendo a él.
—Bueno, has vuelto en el momento perfecto —dice mientras pulsa el botón del ascensor. Baja la voz y añade, cómplice—: Hoy tu padre nos ha dado un poco de tregua.
Sonríe y sus ojos chispean. Es desenfadado, juguetón. Tan distinto de la intensidad constante que Craig desprendía.
—Me alegra haber servido de ayuda —respondo, sorprendida por lo cómoda que me siento a su lado.
Las puertas se abren al instante y entramos.
Talon inclina la cabeza y pulsa el botón del tercer piso.
—Se nota que te echaba de menos.
Alzo la vista, otra vez desconcertada. Es un comentario previsible, sí. Pero Talon lo dice como si realmente conociera a mi padre. Como si entendiera la alegría que le provoca tener a su hija de vuelta en casa.
—Sí —asiento—. Yo también lo echaba de menos.
Talon asiente, y su sonrisa se ensancha.
—Solo falta que tu hermana decida volver de Alemania para que el entrenador se ponga a bailar en la zona de anotación.
Se me escapa una carcajada que me sorprende a mí misma. Me llevo las yemas de los dedos a la boca. ¿Cuándo fue la última vez que me reí?
Talon también sonríe y abre un poco más las piernas, cruzando los brazos sobre el pecho con naturalidad.
El calor de su cuerpo roza mi piel. Su olor —a jabón, un toque de colonia y menta— me envuelve. Encerrada con él en el ascensor, soy consciente de lo cerca que estamos. Me rodeo el torso con los brazos.
—Siempre he querido viajar fuera —comenta, sacándome de mis pensamientos.
—¿Nunca has salido del país?
Resopla, más divertido que molesto.
—Qué va.
Las puertas vuelven a abrirse y salgo un paso por delante.
—Ni siquiera soñaba con sitios como Europa antes de entrar en los Coyotes. Y desde que estoy en el equipo… —se encoge de hombros.
Quiero preguntarle qué significa eso. Por qué no ha hecho un viaje.
—¡Ahí está mi chica! —retumba la voz de papá sobre mí.
Talon da un paso atrás cuando me giro y le sonrío a mi padre. Avanza hacia mí con los brazos abiertos, como si hiciera semanas que no me ve en lugar de haber desayunado juntos esta mañana.
Salgo a su encuentro y lo abrazo.
—La camioneta está perfecta —le aseguro.
Papá echa la cabeza hacia atrás y se ríe, seguramente aliviado de comprobar que sigo siendo capaz de bromear.
—Gracias a Dios. Ya me estaba preocupando.
—No lo estabas —le doy un golpecito en el brazo.
Me aparto de su abrazo y noto que Talon nos observa, con una pequeña arruga entre las cejas.
—Ya conoces a Miller —gruñe papá.
—Sí.
Talon inclina la cabeza, pero sus ojos siguen clavados en mí.
—Nos vemos por ahí, Leni —dice con naturalidad. Despreocupado.
Y, aun así, hay algo en su tono que me tira del estómago hacia dentro.
Hay algo en él que me inquieta, y no tengo ni idea de qué es.
—Nos vemos —respondo.
Talon mira a papá.
—Hasta mañana, entrenador.
—Cuídate, Miller —contesta papá antes de bajar la vista hacia mí—. ¿Tienes hambre?
—Muerta de hambre —admito.
Apenas he comido hoy. Ni en los últimos días. Puede que incluso desde hace más tiempo.
Pero por el rabillo del ojo observo cómo Talon se aleja. Pasos firmes, andar relajado y… ese aire seguro de sí mismo.
Durante años me han parecido atractivos los jugadores de mi padre. Pero Talon Miller está increíble. Tentador. Sexy.
Y darme cuenta de eso es más que sorprendente.
Es alarmante.
Desconcertante.
—Bien. Han abierto un asador nuevo no muy lejos de aquí —continúa papá—. Voy a coger la bolsa del despacho.
—Vale.
Talon empuja la puerta del hueco de las escaleras, pero antes de cruzarla echa la vista atrás.
Nuestras miradas se encuentran.
Nubes grises, tormentosas, me mantienen cautiva.
Aspiro aire, y esa media sonrisa vuelve a dibujarse en su boca llena.
Después desaparece en la escalera, la puerta se cierra y recuerdo cómo se respira.
Peligroso.













