
Sorprendido y Sometido Ebook
El novato de los Knoxville Coyotes, West Crawford, es una estrella del fútbol americano: rápido como un rayo y venerado en el campo. Fuera de él… es mi exnovio. Y mi mayor desengaño.
No creí que la distancia pudiera rompernos cuando a West lo ficharon en Tennessee y a mí me reclamaron en París por una emergencia familiar. Pero lo hizo.
Seis meses después, West está jugando la Super Bowl, yo estoy animándole desde la distancia, y nuestros caminos vuelven a cruzarse.
Celebrar el éxito de West debería haber sido una única noche desenfrenada, el punto final que nos diera cierre. Pero, en lugar de eso, marca un nuevo comienzo. Literalmente.
Estoy embarazada de mi ex, nuestras vidas siguen separadas por miles de kilómetros y, en realidad, nada ha cambiado. Bueno, salvo lo evidente.
Entre la carrera imparable de West, mis responsabilidades familiares en el extranjero y un test de embarazo positivo que nos toma por sorpresa a los dos, nuestra relación parece destinada a quedar fuera de juego antes siquiera de tener la oportunidad de despegar.
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Muestra exclusiva: Sorprendido y Sometido, Capítulo 1
El estadio estalla —hablo de un rugido ensordecedor, salvaje, de alegría y sorpresa— mientras mi compañero, el receptor abierto Cohen Campbell, baila en la zona de anotación.
Joder. El leve mordisco del frío nocturno me golpea en la cara mientras la incredulidad me recorre las venas y me quedo helado.
¡Hemos ganado la Super Bowl!
Repito: los Knoxville Coyotes acabamos de ganar la puta Super Bowl.
Una oleada de euforia como nunca había sentido me atraviesa el cuerpo. Me quito el casco y giro despacio sobre mí mismo, alzando la vista hacia las gradas, hacia los aficionados que vitorean, hacia el mar de camisetas rojas y doradas, hacia el momento.
Este momento.
El verde del césped se extiende a mi alrededor como un abanico infinito, como si estuviera en el centro del universo. Durante un latido, un parpadeo, un segundo, la pura gratitud se impone a la adrenalina que bombea por mis venas.
He entrenado para esto. He rezado por esto. Lo he soñado incontables veces.
Tantas noches mirando un techo desconchado, con las discusiones resonando en la planta de abajo, imaginé esto.
Y aun así, es más dulce de lo que jamás habría esperado.
—¡Bien hecho, chaval! —Jag Baglione salta sobre mi espalda, dándome una palmada en el hombro.
—¡Menudo partidazo, maldito novato! —añade Gage Gutiérrez, dándome un puñetazo amistoso en el brazo antes de abrazarme por el costado.
Una sonrisa enorme me parte la cara. Todavía no me lo creo.
—Hemos ganado la Super Bowl —murmuro. Una Super Bowl en la que he jugado. Joder, en la que he sido titular. En la que he marcado un touchdown.
—¡Y tanto que sí! —grita nuestro capitán, Avery Callaway.
Entonces el equipo entero se lanza hacia él, rodeándolo justo cuando los familiares y amigos empiezan a invadir el campo.
Nuestro corro vibra de energía, un solo pulso compartido por todos mientras nos abrazamos. Nuestros cuerpos se balancean al unísono, de un pie al otro, saltando, respirando al mismo ritmo, llenos de emoción.
—¡Coyotes! —gritamos, dándonos palmadas en la espalda antes de separarnos para recibir las felicitaciones de los nuestros.
La excitación de mis compañeros se palpa en el aire, hace que todo se expanda, que una ola de incredulidad nos envuelva.
Los flashes estallan, cegándome por un instante.
Los entrenadores Strauss y Stevens nos abrazan con fuerza.
Del cielo cae confeti como si fuera nieve, cubriéndonos de destellos rojos y dorados.
Aspiro una bocanada de aire, cierro los puños.
Estoy viviendo mi sueño. El sueño. El objetivo final.
Y ella no está aquí para verlo.
La decepción florece en el fondo del estómago, sube y me atasca la garganta.
Sacudo la cabeza, intento ahuyentar el pensamiento. Carraspeo, intentando despejar la emoción.
Nova y yo lo dejamos al principio de la temporada. No he hablado con ella en meses. Ya no forma parte de mi vida, y el hecho de que siga apareciendo en mi cabeza en mis mejores y peores momentos debería cabrearme.
En lugar de eso… la echo de menos.
—Tienes por delante una carrera de la hostia, hijo —masculla el entrenador Strauss, dándome una palmada en la espalda—. Anda, disfruta de la victoria. —Me empuja hacia los vestuarios, donde el equipo empieza a concentrarse.
Mientras los medios se pelean por captar nuestra atención y algunos compañeros son arrastrados a entrevistas, yo me aparto. No se me dan bien las entrevistas. El equipo de comunicación insiste en que debería hablar más de mis sentimientos y del espíritu del equipo, no solo de la parte técnica del juego. Ser más cercano. Pero, joder, nunca se me ha dado bien conectar con la gente.
Al menos, no de manera real.
Excepto con ella…
¡Basta!
Doy un paso hacia Avery y Cohen, pero algo familiar me obliga a detenerme.
Derek Reiner, de The Burnt Clovers, y su novia, Allegra Rousell. Derek la lleva abrazada contra él. Allegra, la mejor amiga de Nova, se ríe por algo que él le dice y, entonces, se gira.
El color se me borra de la cara.
El corazón se me cae a los pies. Y se queda ahí.
El aire se me congela en los pulmones.
Está ahí. Está aquí, joder.
Nova Jeanne Martin.
Su melena rubia está recogida en una coleta baja y pulida. Su figura menuda va impecablemente vestida —sobre todo para un partido de fútbol americano—. Unos vaqueros negros de diseño se le ciñen a las caderas y abrazan sus piernas esbeltas. Lleva unas botas negras con tacón —porque odia ser más bajita que los demás—.
Sonrío al ver que, bajo el chaleco acolchado dorado, lleva una camiseta de los Coyotes. Mi camiseta. La número 31. Eso es. Más le vale que tenga mi nombre en la espalda.
Dios mío. Niego con la cabeza. No puedo creer que esté aquí.
La observo, y el ruido del estadio —atronador hace solo un segundo— desaparece. Me arrastra su órbita. ¿Cómo no iba a hacerlo, si es la supernova de mi mundo? Demasiado brillante para durar. ¿Por eso se apagó lo nuestro?
Como si sintiera mi mirada, Nova levanta la vista, y sus ojos —de un marrón suave bordeado de verde salvia— se clavan en los míos.
Aspira una bocanada de aire, llevándose una mano al pecho.
Aprieto los puños mientras me golpea la primera oleada de reconocimiento. Dios, amenaza con arrastrarme por completo.
¿Cómo he aguantado tanto tiempo sin tener ninguna conexión con ella? Sin escuchar su risa musical ni ver cómo frunce la nariz cuando duda. Sin el toque tranquilizador de su mano enlazada en mi brazo. Joder, cuánto la he echado de menos.
Allegra se da cuenta de nuestro intercambio y enlaza su brazo con el de Nova, avanzando directamente hacia mí, mientras mis compañeros y sus familias siguen celebrando a nuestro alrededor.
—Enhorabuena, West —dice Allegra, sonriéndome.
Consigo devolverle la sonrisa.
—Gracias, Alle.
—¡Has estado jodidamente increíble, tío! —exclama Derek, dándome una palmada en la espalda.
—Eh, tío —le doy un abrazo lateral—. Gracias por venir.
—No me lo habría perdido por nada del mundo —responde con una sonrisa.
Alzo una ceja. Derek Reiner es una estrella de rock reconocida a nivel mundial. Aunque lo invitan a todos los grandes eventos deportivos, rara vez asiste.
Agacha la cabeza, algo avergonzado.
—Levi da una charla en un centro de rehabilitación que uno de sus patrocinadores abrió con la Fundación Harrison.
—Genial —me río—. Así que ya estabas por aquí.
—Sí —asiente, volviendo a rodear con el brazo a Allegra. Sus ojos se desvían hacia Nova antes de volver a los míos—. Os dejamos un minuto.
—Gracias —respondo con sinceridad. Pero voy a necesitar más de un minuto con Nova.
Joder, me quedaría una eternidad si pudiera. Pero como el destino no quiso que fuese así, necesito enterrar de una vez por todas lo que aún queda entre nosotros.
Necesito seguir adelante.
El pecho se me encoge solo de pensarlo.
Allegra se muerde el labio inferior, pero antes de que pueda decir algo más, Derek tira de ella y se la lleva. Me cuesta contener una carcajada; le agradezco el favor de darme un momento a solas con mi chica.
Excepto que ya no es mi chica.
—No sabía que vendrías —murmuro.
Nova se encoge de hombros y hace ademán de apartarse el pelo de la cara, como siempre que está nerviosa. Como lo lleva recogido, los dedos solo rozan las conchas de sus orejas antes de que suspire.
—Ha sido una decisión de última hora.
—¿Cómo está tu padre? —pregunto. Aquello fue el primer golpe que recibimos. No porque su padre me odiara, sino porque el infarto que sufrió en agosto pasado obligó a Nova a volver definitivamente a París. Lo que iba a ser una visita corta se convirtió en semanas, y luego en meses.
Nunca pensé que la distancia se nos haría tan dura. Resultó ser nuestra sentencia.
—Está bien —dice con suavidad—. Es la primera vez que me voy desde que...
Desde que se marchó. Hace ya más de cinco meses.
—Me alegra que hayas venido —confieso, y lo digo con sinceridad.
Me dedica una sonrisa, pero los ojos le brillan con tristeza.
—No podía perdérmelo. Has estado... —da un paso hacia mí—. West, has estado increíble. Estoy muy orgullosa de ti.
Sus palabras, impregnadas de ese orgullo que reparte sin reservas, me cierran la garganta.
—Gracias —susurro.
Es la única persona que realmente está aquí únicamente por mí. Claro que hay colegas de la uni en las gradas animándome. Amigos de amigos, antiguos compañeros de instituto que consiguieron entradas a última hora. Incluso uno de mis entrenadores vino a apoyarme, y eso significa mucho, sobre todo desde que el que fue mi entrenador del instituto —el entrenador Kent—, que fue más un padre que cualquier otro hombre, murió hace años.
Pero ese apoyo sólido, familiar, del que mis compañeros disfrutan… yo nunca lo he tenido.
Solo tuve a Nova. Y luego, ni siquiera eso.
Que haya venido hace que todas las emociones que llevo meses conteniendo me suban de golpe a la superficie.
Nova vuelve a sonreír, y su cara se ilumina. Dios, es preciosa.
—Lo has conseguido, West. Has hecho realidad todos tus sueños.
No todos.
Me trago las palabras.
Fuerzo una sonrisa, joder.
—Sí —digo al fin—. ¿Cuánto tiempo te quedas en la ciudad?
Se encoge de hombros.
—Solo el fin de semana. Mi padre y mis hermanos me necesitan de vuelta. Estoy montando una sala de catas para la bodega en París y ya he empezado las obras.
Esta vez sonrío de verdad.
—Eso es increíble, Nova. Tu padre tiene suerte de dejar su legado en tan buenas manos.
Suelta una risita.
—No sé yo —suspira—. No es la carrera en moda con la que soñaba, pero ahora mismo está bien. Me gusta volver a estar cerca de la familia.
—Ya… —digo, preguntándome cómo se sentirá eso. Nunca lo sabré—. Deberías venir a la fiesta de después. —Inclino la cabeza y la observo. Ahora que está aquí, no quiero perder ni un segundo.
Nunca tuvimos un cierre. Nuestra ruptura no fue dramática, fue más bien una lenta deriva entre dos personas que se respetan.
Teníamos trabajo, compromisos, responsabilidades. Y no supimos equilibrar el “nosotros” en medio de todo eso.
Con las semanas, dejamos de ser amantes para ser amigos. Luego, conocidos. Ahora, casi extraños.
Pero mis sentimientos por ella siguen siendo tan intensos y reales como aquella noche en que nos tumbamos en la parte trasera de mi camioneta, mirando las estrellas y susurrando nuestros sueños a la oscuridad.
“Quiero ser diseñadora de moda”, me confesó.
“Yo quiero ganar una Super Bowl”, le dije.
—No lo sé… —titubea Nova, balanceándose de un pie a otro.
—Por favor, Nova. Ven —digo con firmeza.
Una última noche contigo y después te dejaré ir. Seguiré adelante, propongo mi trato silencioso al universo.
Dame esta noche y dejaré de pedir una segunda oportunidad.
Me mira largo y tendido. En sus ojos pasan emociones que no sé descifrar. Luego asiente.
—De acuerdo, West. Una última noche.
—Una última fiesta —sonrío—. No querría celebrarlo con nadie más.
Un destello de orgullo le cruza el rostro antes de bajar la cabeza en un gesto de aceptación. Me da un golpecito juguetón.
—Ve a ducharte. Te espero. —Baja la mirada a su ropa—. Bueno, tengo que cambiarme. Yo…
—Estás perfecta, Nov.
Ella sonríe con picardía.
—¿Me recoges de camino a la fiesta?
—¿Traes un vestido de fiesta para un evento al que ni siquiera sabías que ibas a ir? —bromeo.
—Sabía que ganarías esta noche.
—Y no me dijiste que venías.
Nova frunce la nariz.
—La mitad de mí esperaba verte.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Y la otra mitad?
Suelta un suspiro largo.
—Aterrada.
—¿Por qué? —pregunto en voz baja, con una mezcla de miedo y esperanza retorciéndoseme en el estómago.
—Porque nunca tendremos más que esto —admite, señalando el espacio entre nosotros—. Y nunca será suficiente. —Acorta la distancia y se pone de puntillas.
Inclino la cabeza justo cuando sus labios rozan mi mejilla.
—Te mando la dirección, West. Pásame a buscar.
—Allí estaré —prometo.
Y la miro mientras se aleja. Mi chica. La única que ha sido dueña de mi corazón.
Joder, cuánto la echo de menos.
Me destroza saber que nunca la tendré.
Solo nos queda esta noche.
Una celebración.
Y un cierre.













