Florencia Brachmann
Lectora en Goodreads · Fingir y Fallar
“Me ha encantado y me ha tenido enganchada desde principio a fin. Es la típica historia de relación falsa que amo.”
UNA SERIE DE ROMANCE DEPORTIVO
La Serie de
Knoxville Football
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El mejor amigo de su hermano + relación falsa + una sola cama. Explorar Fingir y Fallar →
Segunda oportunidad + bebé sorpresa. Explorar Sorprendido y Sometido →
La hija del entrenador + una tentación prohibida. Explorar Tentada y Tacleada →
Matrimonio de conveniencia + leyenda del fútbol americano. Explorar Atados y Atrapados →
Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España. Explorar El Último Tanto →
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Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España.
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La hija del entrenador + una tentación prohibida.
LEER EL CAPÍTULO 2
gina azzi
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La hija del entrenador + una tentación prohibida.
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Así que esa era Leni.
Tiene un encanto dulce, inocente. Ese aire de chica sencilla que no tiene ni idea de lo guapa que es.
Joder. Niego con la cabeza.
Lo ultimo que necesito es estar pensando en la hija del jodido entrenador.
Conocí a su otra hija, Lincoln Strauss, después de la Super Bowl del año pasado. Y aunque vislumbré a Leni cuando Lincoln me la señaló, fue desde lejos. Solo alcancé a ver su pelo rubio y un destello del vestido azul que llevaba.
Lincoln es una mujer impresionante. Y lo sabe. Rebosa seguridad. Es mayor, más curtida, lista de cojones.
Leni es más suave. Más dulce. Más… preciosa.
¿Preciosa? Sacudo la cabeza.
¿Qué coño me pasa?
El entrenador adora a sus hijas. Fue de las primeras cosas que supe de él. La primera vez que entré en su despacho vi una foto enmarcada de su familia. Su mujer, espectacular, Vicki. Y sus dos niñas rubias de ojos brillantes: Lincoln y Leni.
Y luego estaban los retazos que compartió conmigo durante mi primer año como jugador suyo.
Me detengo en el hueco de la escalera y me aferro a la barandilla para tomar aire.
Hacía tiempo que no pensaba en ese año. En aquellas semanas tan cortas y, al mismo tiempo, grabadas a fuego en mi cabeza para siempre.
Solo tuve a mi madre en mi vida unos pocos años. Los tres primeros —que apenas recuerdo, salvo por el sonido de los golpes y su silueta encogida en el suelo del baño— antes de que los Servicios de Protección de Menores intervinieran y acabara en el sistema de acogida. Y luego cinco semanas y media, cuando todavía era rookie en los Coyotes, mi madre se estaba muriendo y el entrenador Strauss intervino para ayudarme a que me despidiese.
Después me ayudó a organizar el funeral. Estuvo a mi lado, apretándome el hombro, mientras bajaban el ataúd.
Que yo sepa, nunca se lo contó a nadie. Y yo tampoco.
Durante las largas horas en las que me hizo compañía al lado de la cama de mi madre, me habló de su vida. De su familia.
Supe cómo emigraron de Alemania a Estados Unidos. Cómo encontró en el fútbol americano una nueva familia, no muy distinta de la mía. Me habló de la mujer que le robó el corazón: una dulce debutante de una familia prominente de Tennessee, Victoria, a la que llamaban cariñosamente Vicki. Y de las dos niñas que lo convirtieron en padre: Lincoln y Leni.
Me contó historias de ambas, pero las de Leni siempre me hacían reír.
Cómo con seis años pintaba las caras de sus muñecas con rotuladores y decía que era maquillaje. Cómo organizó una recepción de boda a la que obligó a asistir a todas sus muñecas, peluches y a la familia entera.
La vez que Lincoln la retó a deslizarse por la barandilla de un club de campo y acabó con once puntos en la línea del pelo.
Cuando, con doce años, se cortó flequillo porque un imbécil le dijo que tenía “frente de cinco dedos” y se quedó dormida llorando, abrazada al mechón que se había cortado.
La primera vez que se emborrachó en una casa junto al lago y llamó a Vicki suplicándole que fuera a recogerla, pero antes le hizo prometer que no delataría a ninguno de sus amigos ante sus padres.
Por lo que el entrenador contaba, deduje que a Leni la atraen los problemas. No busca meterse en situaciones complicadas, pero como es la hermana de Lincoln y la mejor amiga de esa tal Marlowe, suele dejarse arrastrar. Es leal. Cariñosa.
Me gustaba escuchar al entrenador hablar de Leni. Sus historias eran puras, sinceras. Tan distintas a mi propia infancia que casi parecían inventadas.
De hecho, si no las hubiera contado él, habría pensado que eran una puta fantasía.
Pero en aquellas semanas confusas, cuando tenía que despedirme de una madre que nunca me quiso, mantenerme en pie en un equipo que era mi billete hacia el futuro y rendir en el campo… las historias de la dulce, peculiar y luminosa Leni me arrancaban una sonrisa.
Me hacían creer en un tipo de bondad que solo he vislumbrado a lo largo de los años.
Me hizo darme cuenta de que ahí fuera existen mujeres que no persiguen a un jugador por su puesto, el dinero o el estatus social. Hay mujeres que simplemente creen en el amor.
¿Te imaginas?
Sacudo la cabeza para espantar mis pensamientos descarriados, bajo los escalones de dos en dos y me paso por la cafetería a por un espresso rápido. Me queda una reunión con el entrenador Stevens antes de irme a casa.
El training camp ya ha empezado y no puedo permitirme distracciones. Ni errores. Este equipo —el entrenador Strauss, en concreto— me acogió y me moldeó hasta convertirme en el jugador que soy hoy.
Un kicker que ayudó a ganar la Super Bowl la temporada pasada.
Es un legado que quiero mantener. Es lo único a lo que realmente he grabado mi nombre. Sin el fútbol… ¿quién soy? ¿Qué soy?
Soy un chico de Indiana que creció solo, con una espina clavada en el hombro, y encontró una vía de escape en un juego que ama. Ese juego me dio una educación, una carrera y un equipo.
Una familia.
No puedo sacrificar todo eso por nada.
Le doy un sorbo al espresso y miro el Apple Watch. Diez minutos.
—Eh —me llama Gage Gutiérrez.
Levanto la vista y alzo la barbilla en su dirección. Me acerco con paso tranquilo a la mesa de la cafetería donde están sentados varios compañeros y me dejo caer en una silla.
—¿Qué haces todavía por aquí? —pregunta Jag Baglione.
Me reclino en la silla.
—Tengo reunión con Stevens en nada.
—Oye —nuestro receptor, Cohen Campbell, mira a nuestro quarterback, Avery Callaway—. ¿Crees que Leni habrá llegado ya?
—Ya ha llegado —confirmo, antes de darme cuenta de que no me lo estaban preguntando a mí.
Las miradas en la mesa se giran hacia mí. Doy otro sorbo al café y me aclaro la garganta.
—El entrenador me pidió que la recogiera en la entrada principal y la acompañara a su despacho mientras terminaba una llamada.
Avery niega con la cabeza.
—Ni se te ocurra, Miller. Leni Strauss es territorio prohibido de cojones.
Cohen resopla.
—No estaba pensando nada raro. Talon no es tan idiota.
West Crawford ladea la cabeza, como si valorara esa afirmación.
—¿Seguro?
Le levanto el dedo corazón.
—Parece una chica maja.
—Ah, Len es la mejor —dice Cohen con sinceridad—. Lincoln también. Cuando estaban en el instituto, el entrenador las obligaba a ir a todos los partidos en casa.
—A cada acto del equipo, a cada evento benéfico —añade Callaway.
—Se encargaba de señalar lo sudorosos y asquerosos que somos —ríe Cohen, señalándonos—. El pestazo de las protecciones…
—Los montones de toallas sucias —remata Avery.
—Lo que hiciera falta para mantener a esas chicas lejos de jugadores de fútbol americano —continúa Cohen.
—De atletas en general —asiente Avery—. Y no le culpo. Si tuviera una hija, no la querría ni de coña cerca de nosotros.
—Habla por ti —interviene Leo Quincy, dejándose caer en una silla al lado de West—. Crawford tiene una cría y…
—Ni hablar —lo corta West—. Callaway tiene razón. No quiero que mi niña esté cerca de un equipo de fútbol cuando crezca.
Las carcajadas llenan la mesa. Yo fuerzo una sonrisa, pero algo se me tensa en el pecho.
Sé que bromean. Pero hay una pizca de verdad.
Y es una verdad que duele.
Porque ningún padre me querría cerca de su hija. Mucho menos un padre como el entrenador Strauss. Y muchísimo menos si esa hija es la radiante Leni.
* * *
—Más tiempo en la piscina —repito las palabras del entrenador Stevens.
—Es bueno para el trabajo de resistencia. Y para la recuperación —explica—. A medida que pasemos del training camp a la pretemporada, quiero que lo incorpores a tu rutina de acondicionamiento. No hace falta que vengas siempre hasta aquí. Si prefieres usar una piscina en la ciudad, perfecto.
—Entendido —respondo, notando cómo empieza a formarse un dolor de cabeza.
Ha sido un día largo. Y aunque del training camp no espero menos, añadir más tiempo de piscina y ejercicios de fuerza es otra cosa más que encajar en mi rutina.
—¿Todo bien, Miller? —insiste Stevens, mirándome con curiosidad.
Golpeo con los nudillos el borde de su mesa y me pongo en pie.
—De lujo. —Esbozo una media sonrisa y me cuelgo la bolsa al hombro—. Nos vemos mañana.
—Temprano.
—Sí —respondo mientras salgo de su despacho.
Cuando por fin llego a casa, conduzco hasta el garaje y me dejo caer en el sofá, estoy hecho polvo. Y no sé muy bien por qué. La intensidad física y la exigencia brutal del training camp no son nada nuevo. Me he mantenido en forma y he seguido con el entrenamiento desde que terminó la temporada, salvo uno o dos meses en los que me dediqué a celebrar nuestra victoria en la Super Bowl.
Hubo fiestas.
Desmadre.
Y mujeres más que dispuestas.
Fue un caos muy divertido. Un subidón que jamás había sentido.
Pero ya se ha acabado y… hay un peaje mental que me está pasando factura. No lo esperaba. Estoy cansado.
Vacío.
Solo.
Cojo el móvil y me pongo a deslizar por redes sociales. Bodas, cachorros, recién nacidos y críos adorables con coletas. La mayoría de mis compañeros de la Universidad de Oregón ya han asentado cabeza. Han encontrado trabajos como entrenadores o comentaristas. Algunos se han metido en finanzas o en tecnología. Se han comprado casas con terrenos enormes y piscina. Varios se han casado y han formado una familia. Otros han adoptado perros rescatados y se pasan los fines de semana haciendo senderismo o ciclismo de montaña. Un puñado se ha dispersado por todo el país, o incluso al extranjero, por trabajo.
Joder, hasta los tíos de mi equipo están avanzando.
West tiene a Nova y a su dulce niña.
Cohen está con Raia.
Avery tiene un ligue distinto cada semana.
Quincy sale con una madre soltera por la que suspira desde el instituto.
Quién sabe qué coño hace Jag, pero casi nunca está.
Y Gutiérrez es muy de familia, así que aunque no esté saliendo con nadie, tampoco se pasa el noventa y nueve por ciento del tiempo solo en el sofá.
Suspiro, echo la cabeza hacia atrás y dejo caer el móvil sobre el cojín.
Odio sentirme tan melancólico. Odio que el mejor momento de mi día haya sido conocer a la hija del entrenador y, por fin, ponerle cara a la chica peculiar que intentó pintarle las uñas a su padre con los colores del equipo antes de su primer trabajo como entrenador.
Detesto cómo reaccionó mi cuerpo al verla. La ligereza que se me extendió por las extremidades. La esperanza que se me abrió paso en el pecho.
Joder. Aprieto los ojos con fuerza. Algo no va bien conmigo.
Me obligo a levantarme del sofá y voy a la cocina. Meto en el microondas la pechuga de pollo con brócoli que dejé preparada el domingo.
Luego me siento y ceno solo —como la mayoría de las noches—. Dejo lista la bolsa para el entrenamiento de mañana. Busco el horario de baño libre en la piscina municipal.
Y me acuesto.
Aunque estoy físicamente agotado y mentalmente hecho polvo, no consigo apartar de mi cabeza la imagen de la dulce rubia en la que no debería estar pensando.
Florencia Brachmann
Lectora en Goodreads · Fingir y Fallar
“Me ha encantado y me ha tenido enganchada desde principio a fin. Es la típica historia de relación falsa que amo.”
Carmen Navarro
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“Te engancha desde el principio y los personajes son súper reales, muy cercanos… la he devorado en tres días.”
Jorge Díaz Largo
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“Muy muy buena historia. Muy dinámica, muy divertida y que engancha mucho, de esas que se leen sin parar.”
Carlos
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“¡Me ha encantado! He disfrutado cada página… Es un libro refrescante y lleno de energía. ¡Muy recomendable!”
PatriciaM
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“Amo a los protagonistas y cómo se desarrolla su historia, me lo leí en 3 días porque no puedes parar de querer saber de ellos.”
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