Florencia Brachmann
Lectora en Goodreads · Fingir y Fallar
“Me ha encantado y me ha tenido enganchada desde principio a fin. Es la típica historia de relación falsa que amo.”
UNA SERIE DE ROMANCE DEPORTIVO
La Serie de
Knoxville Football
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El mejor amigo de su hermano + relación falsa + una sola cama. Explorar Fingir y Fallar →
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La hija del entrenador + una tentación prohibida. Explorar Tentada y Tacleada →
Matrimonio de conveniencia + leyenda del fútbol americano. Explorar Atados y Atrapados →
Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España. Explorar El Último Tanto →
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Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España.
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Matrimonio de conveniencia + leyenda del fútbol americano.
LEER EL CAPÍTULO 2
gina azzi
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Matrimonio de conveniencia + leyenda del fútbol americano.
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—Te pedí que no te metieras —le recuerdo a mi padre, con la voz tensa, cortante.
—Vale… —suspira con pesadez, usando mi apodo. Me lo imagino frotándose los ojos, esos dedos largos deslizándose por la frente—. Solo intentaba ayudar.
Me muerdo la lengua. No dudo de su intención. El problema es que cada vez que mi familia intenta ayudar, lo estropea aún más. Mi mundo —la universidad, la investigación— no tiene nada que ver con el suyo: el fútbol. O, como lo llaman aquí en Estados Unidos, soccer.
Mi padre es considerado uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.
Rubén García. Cinco Balones de Oro. Varias Botas de Oro, Pichichis de la Liga. Dos mundiales. Entrenador del Año de la FIFA. Es una institución, una leyenda viva. Un nombre que todo el mundo conoce, sobre todo en Europa.
Mi hermano, Alejandro, ha seguido sus pasos. Algunos ya especulan con que Ale superará los logros de papá. En reconocimiento mediático, desde luego, ya lo ha hecho. A medida que el fútbol gana popularidad en Estados Unidos y Canadá, sus contratos publicitarios lo han llevado a portadas de revistas y a gigantescos carteles en Times Square, en Nueva York, y en Dundas Square, en Toronto.
Mi hermana, Carla, juega en los Chicago Tornadoes y se ha convertido en referente para las niñas que practican deporte, además de embajadora de varias marcas internacionales de cosmética.
Mamá ha celebrado cada triunfo volcándose por completo en ese universo. Ahora es el único que conoce.
Y ahí está el problema. Salvo mi abuela, nadie en mi familia entiende quién soy ni lo que me apasiona. Soy la hija de en medio, la rara, atrapada entre dos atletas de élite. Mi obsesión por los estudios, la investigación y todo lo relacionado con la ornitología ha pasado casi desapercibida en casa. Y cuando, de vez en cuando, muestran interés o intentan echar una mano, rara vez sirve de algo.
Como ahora.
—Papá. —Respiro hondo, intentando armarme de paciencia, y clavo la vista en mi copa vacía—. ¿Qué dijo exactamente el abogado?
Busco la mirada del camarero mientras escucho a mi padre titubear al otro lado del teléfono. Le indico que me ponga otra copa de vino. Una más de la cuenta para mí.
Ya noto el efecto de la primera, y beber así, rápido y con el estómago vacío, es una receta para el desastre. Pero mientras el silencio de papá se alarga, sé que mi futuro también va en esa dirección.
—Es la maldita burocracia —acaba diciendo.
Cierro los ojos, resignada.
—Me han denegado el visado.
—Por ahora —admite, a regañadientes.
—Papá… —murmuro. Se me retuerce el estómago y siento cómo la sangre abandona mi rostro—. Me mudé aquí, a Tennessee, por esta mentoría. Si no puedo trabajar con la doctora Mendoza, si no puedo publicar con él, entonces…
—Lo sé, lo sé —me interrumpe. La vergüenza tiñe su voz. Sé que se arrepiente de haber metido la mano en mi proceso de visado. Es muy propio de él pensar que su nombre, su influencia, bastarían para allanar el camino. Pero ese tipo de empujones no funcionan con el sistema de inmigración estadounidense—. Encontrarás otra solución. Siempre has sabido arreglártelas, Valentina.
Suelto una risa breve, casi un resoplido. Además de no comprender la carrera que quiero construir —un doctorado en Ecología y Biología Evolutiva, docencia universitaria, una plaza con opción a titularidad y publicaciones académicas—, su fe ciega en que “ya me apañaré” resulta tan cómica como frustrante. No se improvisa otra vía para quedarse en un país cuando tu visado no ha sido aprobado.
—Vale —susurro. De acuerdo.
—El mes que viene voy a Estados Unidos por el partido de Carla —continúa.
Claro que sí. Papá entiende de fútbol. Él y mamá, junto con mis abuelos, asisten a todos los partidos posibles de Ale y Carla.
—Intenta subir a Chicago —añade.
Me aclaro la garganta, tragándome la punzada de decepción al comprobar que no ofrece venir aquí. A Knoxville. A ver dónde vivo. A interesarse por la investigación que estoy llevando a cabo.
—Iré —respondo al final. Si ellos no vienen, ya me desplazaré yo a Chicago. Es lo que se espera de mí. Y yo siempre cumplo con lo que se espera.
—Mantén la cabeza alta, Vale. Todo saldrá bien —concluye antes de despedirse.
Cuelgo y dejo el móvil sobre la barra. Rodeo con los dedos el tallo de la copa y doy dos grandes tragos, esperando que el alcohol apague la espiral de pensamientos que me taladra la mente.
Si pierdo esta mentoría, ¿qué será de mi carrera?
Si no termino esta investigación, ¿la retomará alguien más? ¿O todo el trabajo de estos meses habrá sido en vano?
¿Cómo voy a optar a una plaza de profesora ayudante si pierdo mis referencias académicas?
¿Por qué papá tuvo que meterse cuando le pedí que no lo hiciera?
Confía en el proceso, fueron exactamente mis palabras.
Haré una llamada, fueron las suyas.
Dejo la copa casi vacía sobre la barra y suelto un suspiro.
—Qué casualidad verte por aquí —dice una voz masculina a mi lado.
Giro en el taburete y me encuentro cara a cara con Avery Callaway, el quarterback estrella de los Knoxville Coyotes de fútbol americano.
Alzo una ceja.
—¿Ah, sí? —murmuro. Vive en mi mismo edificio. Que frecuentemos los mismos sitios del barrio no tiene nada de sorprendente.
—Sí —continúa, apoyando los codos en la barra. Entre sus manos descansa una pinta recién servida—. Últimamente te veo por todas partes. En el campo, en el vestíbulo del edificio, en cafeterías… y ahora aquí.
Me observa como si esperara una confesión.
¿Y qué se supone que tengo que decir?
Le sostengo la mirada, aguardando a que siga.
Tras varios segundos de silencio, suspira.
—Mira, seguro que eres una chica maja, así que te lo diré con delicadeza. Que te guste me halaga. De verdad. Si quieres un autógrafo o una foto, puedo firmarte lo que quieras —señala una servilleta de papel— o sonreír para un selfie. —Echa un vistazo a mi móvil—. Pero aparecer siempre en los mismos sitios que yo… eso tiene que acabar.
Se me abre la boca sin que pueda evitarlo.
¿Esto va en serio?
Una burbuja de risa, envuelta en un filo irracional de frustración, me sube desde el estómago hasta la garganta.
—¿Te crees que te estoy… acosando? —escupo, con más hostilidad de la que pretendía.
Se echa ligeramente hacia atrás al percibir el veneno en mi tono. La duda cruza su expresión.
—Es tan típico de vosotros —continúo.
Sus cejas se disparan hasta casi perderse en su línea del pelo.
—¿Típico de mí?
—Sí, de ti. —Hago un gesto vago con la mano en su dirección—. De los deportistas en general —añado, incapaz de frenarme. Con la conversación con papá aún palpitándome en la cabeza, sigo—. Os pensáis que el mundo gira a vuestro alrededor. Que sois el centro de la historia de todos los demás. Pues sorpresa: a veces no lo sois.
Avery frunce el ceño, mirándome como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Qué…? —Niega con la cabeza—. ¿Qué haces aquí?
—Tomarme una copa de vino y desahogarme después de una conversación de lo más frustrante con mi papá —replico, seca—. Y si me has visto en el vestíbulo de tu edificio es porque, sorpresa otra vez, yo también vivo allí.
Se incorpora, sorprendido.
—Pero el estadio…
—No voy a tu campo de fútbol porque sea fan tuya. Estuve allí dos veces porque Raia y Carla me arrastraron. Nuestras hermanas son amigas —explico despacio, vocalizando cada palabra.
—Eso ya lo sé —salta él.
—Raia, que por cierto me cae genial, quería apoyar a Cohen. Y, supongo, a ti. —Hago un gesto hacia él, intentando suavizar la mueca de desdén que se me dibuja en los labios mientras fulmino con la mirada al engreído quarterback—. No te estoy acosando. No quiero que me firmes nada ni que sonrías para un selfie estúpido. Solo estoy… Dios, intentando vivir mi vida. Igual que tú.
—Joder —murmura, visiblemente horrorizado.
Al ver la mezcla de desconcierto y humillación en su rostro, mi enfado se atenúa.
—Yo… —Avery cierra los ojos—. Soy un capullo.
Ante su admisión, se me escapa una carcajada.
—Sinceramente, lo entiendo.
Abre los ojos de golpe.
—¿Lo entiendes?
—Claro. Estoy emparentada con varios atletas de élite. Sois todos bastante egocéntricos.
Se ríe ante mi diagnóstico, sin ofenderse lo más mínimo.
—Eso es verdad.
Asiento.
Se gira del todo hacia mí.
—Perdona por haber sido un idiota y dar por hecho algo tan horrible.
—No pasa nada.
—Sí que pasa. —Niega con la cabeza y me tiende la mano—. ¿Empezamos de cero? Soy Avery.
Suspiro y coloco mi mano en la suya. Me sorprende el calor de sus dedos al cerrarse alrededor de mi palma.
—Valentina.
Avery se frota la nuca, incómodo.
—Mira, Valentina, lo siento. —Se muerde el labio, dudando—. He tenido acosadoras antes y…
Se desliza en el taburete a mi lado. Me mira directamente a los ojos. Aspiro aire, desconcertada por la disculpa que flota en el fondo de sus iris oscuros. Gris carbón.
—No debería haberte abordado así.
—Gracias —murmuro, apurando el vino.
—Al menos déjame invitarte a otra —dice, llamando al camarero. Hace un gesto para que rellene mi copa y añade un pedido de chupitos.
La cabeza me da vueltas. Y aunque estoy casi segura de que es por el alcohol, una parte de mí se pregunta si no será por su cercanía. Tendría que estar muerta —algo que Carla me ha insinuado más de una vez— para no notar lo atractivo que es Avery.
Alto. Musculoso. Imponente. El pelo castaño claro perfectamente recortado, aunque lo bastante largo como para que pueda pasarse la mano por él. Sus ojos son intensos, penetrantes. De esos que te dejan clavada en el sitio y parecen mirar más allá de la superficie.
Su cuerpo vibra con una energía inquieta, latente bajo la piel. La reconozco. La he visto en Ale. Y, a veces, en papá.
Emana de él. Me atrae y, al mismo tiempo, me mantiene a distancia.
Me llama… y me advierte.
Pero hay algo más. Con Avery hay un filo que mi hermano y mi padre no tienen.
El aroma de su colonia me envuelve: especiado, caro. Viste pantalón de vestir azul marino y camisa blanca abotonada. Lleva las mangas remangadas hasta los antebrazos y mi mirada recorre desde sus codos hasta las puntas de sus dedos. Esos brazos han sido responsables de más de una victoria en la Super Bowl.
Ahora que la frustración se ha disipado, su presencia me arrolla. No porque sea deportista —por Dios, he crecido rodeada de ellos—, sino porque es un hombre que me está mirando como si realmente me viera.
Como si quisiera conocerme.
Es desconcertante. Embriagador. Me abanico con la mano, notando cómo el calor me sube por el cuello y me deja descolocada.
—¿Estás bien? —pregunta Avery. La preocupación en su voz tira de algo en el centro de mi pecho y lo afloja.
—No suelo beber tanto.
—Perdona. —Hace una mueca y vuelve a llamar al camarero—. No te bebas el vino. Te pido agua.
—No. —Niego con la cabeza—. Está bien. Esta noche me estoy… recreando en mi propia miseria.
Sus cejas se fruncen en forma de V sobre el puente de la nariz.
—¿Ruptura horrible?
¿Ruptura? Me echo a reír.
—No, nada de eso.
—Entonces, ¿qué pasa?
Lo miro y vuelvo a negar con la cabeza.
—No lo entenderías.
Sonríe.
—¿Porque soy un jugador de fútbol que cree que el mundo gira a su alrededor?
Le devuelvo la sonrisa, aliviada de que no me esté guardando rencor por mis palabras.
—Porque tienes pasaporte estadounidense —aclaro.
Resopla divertido.
—No dejas de sorprenderme, Valentina. Siento que nunca sé qué va a salir de tu boca.
Suelto una risita.
—Nadie ha dicho jamás eso de mí. Soy la predecible García.
Avery se encoge de hombros y sonríe.
—No es la impresión que tengo.
Destapa la botella de agua que el camarero deja frente a nosotros y me la pasa.
Doy un pequeño sorbo antes de dejarla y envolver con los dedos el tallo de la copa de vino.
—No estoy teniendo una gran noche —admito.
—Ya me había dado cuenta. —Echa un vistazo alrededor del bar—. Si te soy sincero, yo tampoco.
Choco mi copa contra su pinta y bebo. El vino blanco seco se desliza por mi garganta, adormeciendo el enfado y sustituyéndolo por… otro tipo de calor. Uno que rara vez me permito explorar.
Arrugo la nariz.
—¿Cita desastrosa?
—No —ríe—. Nada de eso. Es solo que estoy en un momento raro. Esta noche era la fiesta de compromiso de Raia.
—¡Ah! Claro. —Asiento.
Avery niega con la cabeza.
—No vi a tu hermana allí.
—Carla estaba fatal por no poder ir. Pero este fin de semana organiza en Nueva York un baby shower para la que fue su capitana.
—Ah.
Asiente, pero la sombra en su rostro no desaparece.
Frunzo el ceño.
—¿No te hace ilusión el compromiso? Creía que Cohen era tu mejor amigo.
Avery da un largo trago a su cerveza.
—Lo es. No es eso. Me alegro muchísimo por Raia y por él. Son la pareja perfecta.
No añade nada más, pero la tristeza cruza sus ojos y, por un segundo, parece mayor.
El ambiente cambia y lo entiendo. Es extraño que pueda leer lo que no dice. Quizá sea el vino…
—Quieres tener lo mismo con alguien —murmuro, completando la frase que se queda en el aire.
Levanta la mirada hacia mí. Ahora sus ojos son de un gris más claro, cargados de un deseo profundo de ser comprendido. Es una mirada que conozco bien porque yo la llevo puesta demasiadas veces. Siempre me siento fuera de lugar. Aparte.
Pero jamás habría atribuido ese sentimiento al quarterback estrella del estado.
—Nunca tendré eso —afirma, con una seguridad que me desconcierta—. No lo merezco.
Frunzo el ceño ante su elección de palabras. ¿Por qué no? Estoy a punto de preguntarlo, pero se adelanta.
—Pero me gustaría tener algo —añade.
—Sí —susurro, asintiendo. A mí también me gustaría tener algo. Y aunque creo que lo merezco, dudo que llegue a encontrarlo—. Los hombres me ven demasiado rara para salir conmigo —suelto de golpe.
Se ríe, mirándome con una sonrisa amplia. La curiosidad reemplaza la tristeza en sus ojos, y me gusta haber sido yo quien se la haya provocado.
—Me cuesta creerlo.
—Pues deberías. Creíste que te estaba acosando.
Sus ojos brillan cuando me observa.
—Cierto. Vale, Valentina.
Se gira en el taburete, una de sus rodillas rozando la mía antes de recolocarse. Ahora me enfrenta de lleno. Mis rodillas quedan atrapadas entre las suyas.
Da un largo trago a la cerveza, deja el vaso y me mira fijamente.
—Tu turno. ¿Qué es lo que no entiendo?
Suspiro con pesadez y doy otro sorbo al vino.
—Puede que me deporten.
Florencia Brachmann
Lectora en Goodreads · Fingir y Fallar
“Me ha encantado y me ha tenido enganchada desde principio a fin. Es la típica historia de relación falsa que amo.”
Carmen Navarro
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“Te engancha desde el principio y los personajes son súper reales, muy cercanos… la he devorado en tres días.”
Jorge Díaz Largo
Compra verificada en Amazon.es · Jugada Perfecta (Amor en Valencia)
“Muy muy buena historia. Muy dinámica, muy divertida y que engancha mucho, de esas que se leen sin parar.”
Carlos
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“¡Me ha encantado! He disfrutado cada página… Es un libro refrescante y lleno de energía. ¡Muy recomendable!”
PatriciaM
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“Amo a los protagonistas y cómo se desarrolla su historia, me lo leí en 3 días porque no puedes parar de querer saber de ellos.”
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