Florencia Brachmann
Lectora en Goodreads
Me ha encantado y me ha tenido enganchada desde principio a fin. Es la típica historia de relación falsa que amo.
Reseña en Goodreads · Fingir y Fallar
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Prólogo — Raia
Los labios de Brooks se mueven, pero no entiendo lo que dice.
—Creo que nos hemos acomodado —su tono suena suplicante. Sus ojos me imploran que lo entienda. Que asienta, que sonría, que lo absuelva de la culpa que siente.
Pero estoy en shock.
—Acomodado —repito la palabra, probándola en mi boca—. Brooks, llevamos diez años juntos.
Suspira.
—Vamos, Raia. Teníamos catorce cuando empezamos. ¿De verdad cuentan esos años?
Doy medio paso atrás, como si me hubiera empujado.
—No es eso lo que quiero decir —rectifica enseguida, pero ya es tarde.
—Para mí sí contaron, Brooks —intento que mi voz suene firme.
Detrás de él, el campo de fútbol me llama. Las chicas de mi equipo nos observan de reojo, con expresiones que oscilan entre la molestia, la curiosidad y la preocupación.
—Claro que contaron. Para mí también —prosigue—. Pero, Rai, nunca hemos vivido nada más.
—¿Nadie más? ¿Eso es lo que querías decir? —le lanzo de vuelta.
Su expresión se tuerce. El dolor se refleja fugazmente en sus ojos.
Hace un día —qué digo, hace cinco minutos—, lo habría abrazado. Lo habría consolado, habría intentado que se abriese conmigo, que compartiese sus inseguridades.
Ahora solo quiero apartarlo. Herirlo tanto como él me está destrozando a mí.
Me obligo a erguirme. Alzo la barbilla y lo miro a los ojos.
Pero por dentro me muero. Un frío gélido me recorre las venas. Tentáculos helados se enroscan desde mi estómago hasta el pecho, oprimiendo mi corazón. Me sube una náusea a la cabeza y los sonidos se apagan en mis oídos.
Brooks está haciendo temblar los cimientos sobre los que he construido toda mi vida. Sus palabras me obligan a enfrentar lo endeble que es esa base, porque siento que estoy a punto de venirme abajo como un castillo de naipes.
Todo lo que ha hecho falta es que decida romper conmigo.
Brooks Spence ha sido mi novio desde que entré al instituto. Desde mi primer año en el internado. Ha sido mi apoyo, mi pilar, mi lugar seguro durante el instituto y la universidad. Durante los dramas del equipo de fútbol, en los partidos televisados a nivel nacional. Cuando cambié de carrera o me moví en nuevos círculos sociales.
Pasara lo que pasara, lo tenía a él. Pensaba que éramos inquebrantables.
Raia y Brooks. Brooks y Raia. Braia.
Ahora, nada.
—¿Cómo puedes decirme esto ahora? —le espeto, sintiendo que las lágrimas arden en las esquinas de mis ojos. No parpadeo. No pienso dejarlas caer.
Al menos tiene la decencia de parecer arrepentido.
—Es que… ya no podía esperar más.
—Estoy a punto de jugar el partido más importante de mi carrera —le recuerdo, señalando el campo. Mi equipo está ahora en corro, observándome boquiabiertas.
—Cada partido es el más importante de tu carrera —responde con suavidad.
¿Perdón? Me enderezo y saco pecho.
—¿Quieres que te pida perdón por eso? Soy deportista, Brooks.
Una deportista que se toma su carrera en serio y prioriza a su equipo antes que los brunch con mimosas o las hogueras nocturnas. ¿Sigue enfadado porque me fui antes de su fiesta de cumpleaños el mes pasado?
Me doy la vuelta, paso las manos por mi pelo y exhalo suavemente.
Ya le pedí perdón por aquello. Lo compensé cocinándole la cena y comprándole una americana de Armani que apenas podía permitirme.
—Rai, cuando acabe el verano, te irás a jugar a Europa —me recuerda Brooks—. ¿No te apetece empezar de cero? ¿Ir allí, centrarte en tu equipo, en tu carrera, sin que… esto —hace un gesto entre los dos— te ate?
Presiono los labios y entorno los ojos. Aunque, en el fondo, entiendo su punto, ahora mismo mis emociones están al mando.
—Nunca pensé que “esto” fuera un maldito trabajo que me ataba, Brooks. Lo nuestro… era para siempre.
—¡Callaway! —grita la entrenadora, silbato en mano, para llamar mi atención.
El alivio que se dibuja en la cara de Brooks es el último clavo en el ataúd. O en mi corazón.
—Te necesitan —dice, con voz agradecida.
—Sí. Y yo te necesitaba a ti —escupo las palabras.
—Raia, seguiremos siendo amigos —me asegura Brooks.
Le lanzo una mirada que podría partirlo en dos. Claro, amigos. A no ser que quiera perder de golpe a todo mi grupo de siempre —ese en el que Brooks y yo llevamos diez años, ese en el que también está mi prima y mejor amiga, Anna—, pues sí, seguiremos siendo malditos amigos.
—Guay —contesto sin un ápice de emoción.
Me da un apretón en el hombro.
—Suerte hoy. Estaré animándote.
—Vete a la mierda, Brooks —lo empujo con el hombro al pasar a su lado camino del campo.
Mi estómago, antes revuelto por los nervios del partido de hoy, ahora está hecho un nudo por el golpe que me ha dado Brooks.
—¿Estás bien? —pregunta la entrenadora cuando troto hacia el equipo.
—Perfecta —respondo secamente.
Anna me busca con la mirada y noto la preocupación en sus ojos.
Le hago un gesto con la cabeza para decirle que estoy bien.
Estoy bien. Estoy centrada. Lo tengo controlado.
Pero mientras caliento, mi cabeza sigue en Brooks.
La primera vez que me besó en la cabaña de la familia de Anna, en las Great Smoky Mountains.
La primera vez que hicimos el amor, en tercero de instituto.
La vez que mintió por mí cuando Anna y yo nos escapamos y casi nos expulsan del internado.
El año pasado, cuando saqué el tema del matrimonio.
Mi cabeza es un maldito caos. Oscila entre la dulzura de nuestros recuerdos y la amargura de nuestra ruptura.
Mierda. Brooks y yo hemos roto.
—¡Raia! ¿Segura que estás bien? —pregunta Anna cuando nos colocamos en el centro del campo para el saque inicial.
—Te lo cuento luego —murmuro.
Me pasa un brazo por los hombros y me apoyo en ella un segundo entero. Anna y yo hemos sido inseparables desde el mes en que nacimos. Nuestras madres, hermanas, nos llevaron juntas y nos dieron a luz en el mismo hospital, con solo tres semanas de diferencia.
Ha estado tan presente en mi vida como Brooks. Incluso más.
—Vamos. Hay que ganar este partido —me aprieta el hombro.
—Eso —asiento.
Perdemos el sorteo y me pregunto si es un mal presagio.
Lo es.
Porque a los dos minutos de juego, una delantera y yo chocamos de frente. Un dolor desgarrador me atraviesa el hombro y me quema hasta el pecho. Se me corta la respiración y caigo.
Fuerte.
—Joder —maldigo, mientras una ola de mareo me envuelve.
Por el rabillo del ojo capto la expresión horrorizada de Anna. Busco a Brooks en la banda y me duele ver la sorpresa que le retuerce la cara. Cierro los ojos y me pongo de lado cuando las ganas de vomitar me suben por la garganta.
—Eh, eh, ¿estás bien? —el árbitro ya está a mi lado, seguido de la entrenadora y del fisio.
—Callaway —dice la entrenadora—. No te muevas.
—Estoy bien —protesto, intentando incorporarme—. Déjame andar un poco.
La entrenadora Williams me lanza una mirada dura, escrutadora. Luego asiente y el fisio y Anna me ayudan a ponerme en pie. Camino despacio hacia la banda mientras los aplausos y los vítores retumban en las gradas.
—¿Estás bien? —me pregunta la jugadora con la que choqué.
Asiento.
—Sí. ¿Tú?
—Perfecta, cariño —responde ella, volviendo a trotar al campo.
Al girarme para mirarla, la punzada en el costado me hace apretar los dientes.
—Necesitas radiografías —dice la entrenadora.
Asiento sin pensar. Sé que necesito radiografías. Sé que mi verano se ha acabado.
Y, quizás lo más doloroso, sé que Europa ya no es una opción. No este verano, al menos.
Acabo de perder a mi equipo, mi sueño y mi apoyo.
En una sola tarde, mi vida se ha salido de la carretera que llevaba años trazando y recorriendo con cuidado.
Todo lo que creía seguro se ha terminado.
Ahora estoy sola.
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El mejor amigo de su hermano + relación falsa + una sola cama. Explorar Fingir y Fallar →
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Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España. Explorar El Último Tanto →
gina azzi
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Novela corta de amor prohibido entre agente y cliente, ambientada en España.
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Cohen Campbell, jugador de los Knoxville Coyotes, es el rompecorazones del equipo y el mejor amigo de mi hermano. Y ahora también es el hombre que finge ser mi novio. Sencillo, ¿verdad? Pues no.
Cohen Campbell, jugador de los Knoxville Coyotes, es el rompecorazones del equipo y el mejor amigo de mi hermano.
Y ahora también es el hombre que finge ser mi novio.
Sencillo, ¿verdad? Pues no.
Pensaba que mi suerte no podía empeorar después de que mi novio de toda la vida me dejara en público. Error.
Ahora mi ex sale con mi prima y, para colmo, todo nuestro grupo de amigos se va de viaje a esquiar, como cada año.
Desesperada por salvar las apariencias, le pido a Cohen que finja que le gusto. Que aparente desearme. Que lo dé todo para convencer a mis amigos de que no estoy destrozada ni dolida. Que no soy una causa perdida. Que, en realidad, ya he pasado página.
Pero durante el viaje, todo empieza a cambiar.
Las miradas de Cohen me aceleran el pulso.
Su simple roce despierta en mí nuevas sensaciones.
Y su beso… su beso me hace desear cosas que jamás había sentido antes.
Añade una sola cama, una tormenta de nieve descomunal y un grupo de cotillas del tamaño de una pista de esquí, y solo puedo rezar para que no acabemos haciendo un desastre de nuestra relación falsa.
Aunque, claro, yo siempre me equivoco.
LEE GRATIS EL CAPÍTULO 1
gina azzi
Lee el primer capítulo del romance de fútbol americano de los Knoxville Coyotes.
Conoce a Cohen Campbell: el rompecorazones de los Knoxville Coyotes, el mejor amigo de su hermano y el hombre al que pronto será imposible resistirse.
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La barra metálica vibra cuando vuelvo a colocarla en el soporte. Las manos me resbalan y suelto un juramento mientras busco una toalla para secarme el sudor de la cara. Hoy he subido el peso y mi cuerpo lo está notando.
—Joder, Cohen, ¿cuánto tiempo te has tomado de descanso este verano? —mi capitán de equipo, y amigo desde siempre, se ríe.
—Ninguno —respondo, incorporándome—. ¿Y tú?
Avery Callaway, nuestro engreído quarterback, sonríe de oreja a oreja.
—He estado en el gimnasio. Doble sesión diaria. —Flexiona los bíceps de forma exagerada. Le dedico un corte de mangas.
—Sí, claro —me río, sabiendo perfectamente que Callaway estuvo desaparecido la semana pasada, en alguna especie de maratón sexual con una modelo de Sports Illustrated de principios de los 2000.
Desde su ruptura pública con Mila Lewis, otra buena amiga mía, Avery ha entrado en caída libre en lo sentimental.
No es que yo esté mucho mejor. Salgo con una mujer tras otra esperando sentir algo—una chispa, una conexión, ganas de algo más que el momento—, pero no lo he conseguido. Para ser sincero, ya me he rendido.
Si Cupido quiere derribarme, va a tener que lanzarme una flecha directa al corazón.
—Hacía tiempo que no te veía —comento, poniéndome en pie.
Avery se sienta en el banco y me coloco detrás para hacerle de apoyo.
Encoge los hombros.
—He tenido unas semanas movidas.
Levanto una ceja.
—¿La MILF te ha dejado?
Resopla.
—Vete a la mierda. —Termina una serie y se incorpora para beber agua—. No, es que Raia está en casa.
Frunzo el ceño. La última vez que supe de la pequeña Raia Callaway, estaba entrenando para jugar al fútbol en Europa. Ese siempre había sido su sueño: jugar unos años fuera y luego volver a Estados Unidos para demostrarles a las niñas que también podían ser futbolistas profesionales.
Por eso fue a aquel internado pijo en Nueva Inglaterra. Por eso apenas pisaba nuestro pueblo en verano. Por eso hemos perdido el contacto estos últimos años...
¿Qué la habrá hecho cambiar de rumbo y volver ahora?
—¿Por qué? —pregunto, sin entender nada.
Avery suelta un suspiro largo.
Una punzada de inquietud me recorre el cuerpo.
—¿Está bien?
—Sí, estará bien —responde sin dar ni un solo detalle.
Espero, impaciente.
Da otro trago de agua.
—Brooks rompió con ella.
Arrugo la frente, confundido. ¿Raia Callaway ha vuelto a casa porque un pijo de mierda le ha roto el corazón?
—¿Y? —insisto, sabiendo que hay más.
—Justo antes de un partido importante.
Echo la cabeza hacia atrás y gimo. Ojalá no vaya a donde creo.
—Estaba distraída.
—Chocó con otra jugadora y cayó al suelo —confirma Avery.
—¿Qué tan grave fue? —Tiene que serlo si está en Knoxville y no en Bolonia o Barcelona.
—Costillas rotas, un hombro desplazado y una hiperextensión de rodilla. Por separado, podría haber tirado con las lesiones, pero juntas...
—Lesionada todo el verano —concluyo.
—Exacto —asiente Avery, tumbándose para hacer otra serie.
Me coloco detrás para vigilarlo, fijándome en lo concentrado que está. Ese es Avery. Puede dejar a un lado su vida personal y centrarse en el fútbol todo el día, todos los días, si hace falta. Luego desconecta y se mete de lleno en su vida privada.
Por eso fue tan buen novio para Mila durante tantos años… hasta que dejó de serlo. Por eso puede mantener su fama de conquistador sin perder la de chico de familia. Por eso es uno de los mejores quarterbacks del país y el motivo de que nuestro equipo lleve el lema de El orgullo del fútbol sureño.
Yo no tengo esa capacidad. Así que, mientras él termina su serie, mi mente da vueltas.
—¿Cuándo volvió? —pregunto.
—Hace unas semanas.
—¿Cómo está?
—Aguantando.
—¿Y el ex? —insisto.
Avery me lanza una mirada.
—Brooks nunca fue para ella. Es buen tipo, pero…
—¿Pero?
—Aburrido hasta decir basta. Mi hermana se cree que le van los tipos elegantes y rancios de Nueva Inglaterra, pero se cansó de él hace dos años. Ahora está demasiado dolida para verlo, pero que él la dejara ha sido lo mejor que podía pasarle. Solo que, ya sabes, no justo antes de un partido.
—Claro —murmuro.
Avery termina su última serie y yo me cambio de máquina. Intento concentrarme en los ejercicios, pero mi cabeza sigue volviendo a Raia.
Hace años que no la veo, pero en su día era como una hermanita para mí. Cansina a más no poder, pero adorable. Siempre supe que a Avery no le caía bien Brooks y, siendo sincero, yo tampoco entendí nunca qué veía en él, aunque parecía feliz.
Joder, me cabrea pensar que esté de vuelta, con el corazón roto y sin poder jugar. Para un deportista, no poder practicar su deporte es su propio infierno.
Me apunto mentalmente pasarme por casa de los Callaway esta semana. Animarla un poco. Total, no tengo nada mejor que hacer.
Gruño al empezar mi siguiente serie.
No, ahora mismo tengo que volver a centrarme. Campamento de entrenamiento, pretemporada, fútbol.
No hay tiempo para nada más.
Lleva años sin haberlo.
Es unos días después cuando por fin saco tiempo para pasarme por casa de los padres de Avery.
Mi madre reclamó mi presencia en la tradición anual de enlatado de tomates. Mi hermano, Cooper, me convenció para acompañarle a él y a sus colegas en una excursión en bici que duró todo el día.
Pero al final de la semana, con el campamento de entrenamiento arrancando el lunes, llamo al timbre de los Callaway. Es curioso, pero plantarme en su porche me transporta a cuando era un crío enclenque de nueve años y deseaba que Avery y Raia estuvieran en casa. Vivía para esas tardes en las que los tres jugábamos al escondite o al pilla-pilla hasta que se encendían las farolas.
—¡Cohen Campbell! —La señora Callaway abre de par en par la puerta—. ¡Hacía siglos que no te veía en este porche!
—Justo estaba pensando lo mismo. —Sonrío antes de besarla en la mejilla a modo de saludo. Le tiendo un ramo de flores.
—¡Oh! Son preciosas. —Se ilumina mientras examina las peonías rosas—. ¿Son para la paciente?
Me río y levanto una caja de brownies.
—No, las flores son para ti. El chocolate, para la paciente.
—Eres un buen hombre —bromea la señora Callaway.
—¿Cómo se encuentra Raia?
—¿Aparte de insoportable?
Suelto una carcajada.
—Siempre fue ferozmente independiente.
—Así es —asiente la señora Callaway mientras la sigo hacia la cocina—. ¿Quieres un café? Aviso a Raia de que estás aquí.
—Me sirvo yo —le aseguro.
Aunque los Callaway desprenden hospitalidad sureña, llevo tanto tiempo formando parte de su familia que me siento como en casa.
—Mi madre tiene tarros de salsa de tomate para ti. Quería traerlos hoy, pero te los dejo la semana que viene —prometo.
—Puedo pasar a recogerlos. Hace mucho que tu madre y yo no charlamos y ahora, con todos los niños en casa…
—¿Hay mucho de lo que cotillear? —adivino.
Ella sonríe de medio lado.
—Raia me está sacando de quicio —admite antes de dirigirse al cuarto de su hija—. ¡Raia, Cohen está aquí!
Me río mientras me sirvo una taza de café y me dejo caer en la mesa de la cocina. Todo en esta cocina está exactamente como lo recuerdo. Comer helados en verano, lanzarle una naranja a Avery por encima de la cabeza de Raia mientras ella intentaba interceptarla. Hacer lo mismo con Mila años después, cuando los tres éramos uña y carne, aunque yo siempre fuese el sujetavelas.
Un momento después, mi amiga de la infancia, la que estaba tan unida a mí como a su hermano, se apoya en el marco de la puerta.
Y me quedo congelado.
Porque la pequeña Raia Callaway ya es toda una mujer.
Lleva unos shorts ciclistas negros y una camiseta oversize. El pelo recogido hacia atrás, retorcido y sujeto con una pinza. Va descalza y sin maquillar. Está informal y cómoda… y jodidamente guapa.
—Hola, campeona —me pongo en pie.
Raia hace una mueca al entrar en la cocina y algo me tira del pecho. Al acercarme, noto los moratones difuminados bajo su mandíbula.
Alargo la mano con cuidado y paso el pulgar por la mancha verdosa-amarilla.
—Te dieron bien —murmuro.
—Tendrías que ver a la otra —me contesta con chispa.
Sonrío y abro los brazos. Raia se deja abrazar y me agarra por la espalda de la camiseta.
—Me alegro de que estés en casa —le digo con sinceridad.
Asiente pero no contesta. Es evidente que preferiría estar en Europa, jugando al fútbol y viviendo su sueño, antes que sudar la gota gorda en Tennessee en pleno julio.
La sostengo un segundo más de lo que debería y me sorprende lo bien que huele. Lo suave que se siente. Es la misma de siempre y, a la vez, totalmente distinta.
Me aparto y señalo la caja de pastelería.
—Te he traído brownies.
Raia sonríe y su cara se abre como una flor al desplegarse.
—Son mis favoritos.
—Lo recuerdo —respondo en voz baja, abriendo la caja y sirviéndole uno.
Se sienta en una de las sillas de la cocina y deja que le sirva una taza de café.
Señala el pasillo.
—No le digas a mi madre que te he dejado servirme.
Suelto una risa y le dejo la taza delante.
—¿Ah, sí? ¡Ni que fuese una novedad! Me pasé la infancia entera mimándote.
Raia me da un toque con el pie descalzo y sus uñas fucsias me rozan la pantorrilla.
—Dame un respiro, Cohen. Estoy convaleciente.
—Te dejaron hecha polvo, ¿eh? —doy un sorbo a mi café.
Su mano va al centro del pecho, presionando como si quisiera sujetarse el corazón. No estoy seguro de que se dé cuenta.
—Sí. Ha sido un golpe duro.
Asiento, preguntándome si habla de fútbol o de Brooks.
Pero no lo pregunto, porque una parte de mí no quiere saberlo.
Una oleada de protección me recorre mientras la observo con curiosidad.
¿Echa de menos a Brooks? ¿O llorando la posibilidad perdida de empezar su carrera futbolística en el extranjero este verano?
¿Siguen hablando? ¿Intentando arreglarlo?
Joder. Una punzada de rabia me late en las sienes.
¿Por qué coño me importa tanto?
Carraspeo.
—¿Cuál es el plan ahora?
Raia entrecierra los ojos.
—¿Te refieres a ahora que Europa ya no es una opción?
Me encojo de hombros.
—Casi me había decidido por España —admite, chupándose el chocolate derretido del pulgar.
Mierda. Me remuevo incómodo en la silla mientras la observo. El caso es que Raia no está intentando ser seductora. No está intentando nada.
Y, aun así, me atrae de un modo en el que no debería. De un modo en el que no quiero que me atraiga.
—Voy a recuperarme, machacarme en el gimnasio y pelear por una plaza la próxima temporada con todo lo que tengo —dice entre dientes, con la convicción dibujada en la cara.
Sonrío ante la determinación de su tono.
—Bien.
—No soy de las que se rinden, Campbell —me recuerda, levantando la barbilla.
—Nunca te tomé por una, Callaway.
La comisura de la boca de Raia se curva y da otro bocado a su brownie.
—¿Y tú qué? ¿Listo para el campamento de entrenamiento?
Me estiro en la silla, relajándome ahora que hablamos de un tema seguro. Fútbol.
—Listo. Estoy deseando que empiece la temporada. Este año tenemos un buen equipo.
Raia arquea una ceja.
—Y un rookie con talento.
—Sí —asiento—. West viene de UCLA. Es rapidísimo. No me sorprendería que batiera el récord de yardas de carrera en su carrera.
Raia sonríe.
—¿Y tú piensas batir algún récord?
Le devuelvo la sonrisa.
—Solo los míos. El año pasado me quedé en menos de 1.800 yardas recibidas. Este quiero demostrarme que puedo superarlo.
—Entonces lo harás —afirma sin más.
—¿Tú crees, campeona?
—Lo sé, Cohen. Eres capaz de todo lo que te propongas.
Inclino la cabeza en señal de agradecimiento. Siempre he tenido una buena red de apoyo, pero oír esa sinceridad en la voz de Raia me llega de otra manera.
Su fe en mis capacidades futbolísticas, en mí, me motiva. Me suma hambre por demostrar lo que valgo. Por ser suficiente.
No recuerdo la última vez que una mujer tuvo este efecto en mí.
Jamás pensé que sería la pequeña Raia Callaway.
Florencia Brachmann
Lectora en Goodreads
Me ha encantado y me ha tenido enganchada desde principio a fin. Es la típica historia de relación falsa que amo.
Reseña en Goodreads · Fingir y FallarCarmen Navarro
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Te engancha desde el principio y los personajes son súper reales, muy cercanos… la he devorado en tres días.
Reseña en Amazon.es · Jugada Perfecta (Amor en Valencia)Jorge Díaz Largo
Compra verificada en Amazon.es
Muy muy buena historia. Muy dinámica, muy divertida y que engancha mucho, de esas que se leen sin parar.
Reseña en Amazon.es · Jugada Perfecta (Amor en Valencia)Carlos
Compra verificada en Amazon.es
¡Me ha encantado! He disfrutado cada página… Es un libro refrescante y lleno de energía. ¡Muy recomendable!
Reseña en Amazon.es · Jugada Perfecta (Amor en Valencia)PatriciaM
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Amo a los protagonistas y cómo se desarrolla su historia, me lo leí en 3 días porque no puedes parar de querer saber de ellos.
Reseña en Amazon.es · Jugada Perfecta (Amor en Valencia)Sí: los 4 ebooks y la novela corta extra se entregan en formato digital a través de BookFunnel. No se envía nada físico.
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