Prólogo: Raia
Los labios de Brooks se mueven, pero no entiendo lo que dice.
—Creo que nos hemos acomodado —su tono suena suplicante. Sus ojos me imploran que lo entienda. Que asienta, que sonría, que lo absuelva de la culpa que siente.
Pero estoy en shock.
—Acomodado —repito la palabra, probándola en mi boca—. Brooks, llevamos diez años juntos.
Suspira.
—Vamos, Raia. Teníamos catorce cuando empezamos. ¿De verdad cuentan esos años?
Doy medio paso atrás, como si me hubiera empujado.
—No es eso lo que quiero decir —rectifica enseguida, pero ya es tarde.
—Para mí sí contaron, Brooks —intento que mi voz suene firme.
Detrás de él, el campo de fútbol me llama. Las chicas de mi equipo nos observan de reojo, con expresiones que oscilan entre la molestia, la curiosidad y la preocupación.
—Claro que contaron. Para mí también —prosigue—. Pero, Rai, nunca hemos vivido nada más.
—¿Nadie más? ¿Eso es lo que querías decir? —le lanzo de vuelta.
Su expresión se tuerce. El dolor se refleja fugazmente en sus ojos.
Hace un día —qué digo, hace cinco minutos—, lo habría abrazado. Lo habría consolado, habría intentado que se abriese conmigo, que compartiese sus inseguridades.
Ahora solo quiero apartarlo. Herirlo tanto como él me está destrozando a mí.
Me obligo a erguirme. Alzo la barbilla y lo miro a los ojos.
Pero por dentro me muero. Un frío gélido me recorre las venas. Tentáculos helados se enroscan desde mi estómago hasta el pecho, oprimiendo mi corazón. Me sube una náusea a la cabeza y los sonidos se apagan en mis oídos.
Brooks está haciendo temblar los cimientos sobre los que he construido toda mi vida. Sus palabras me obligan a enfrentar lo endeble que es esa base, porque siento que estoy a punto de venirme abajo como un castillo de naipes.
Todo lo que ha hecho falta es que decida romper conmigo.
Brooks Spence ha sido mi novio desde que entré al instituto. Desde mi primer año en el internado. Ha sido mi apoyo, mi pilar, mi lugar seguro durante el instituto y la universidad. Durante los dramas del equipo de fútbol, en los partidos televisados a nivel nacional. Cuando cambié de carrera o me moví en nuevos círculos sociales.
Pasara lo que pasara, lo tenía a él. Pensaba que éramos inquebrantables.
Raia y Brooks. Brooks y Raia. Braia.
Ahora, nada.
—¿Cómo puedes decirme esto ahora? —le espeto, sintiendo que las lágrimas arden en las esquinas de mis ojos. No parpadeo. No pienso dejarlas caer.
Al menos tiene la decencia de parecer arrepentido.
—Es que… ya no podía esperar más.
—Estoy a punto de jugar el partido más importante de mi carrera —le recuerdo, señalando el campo. Mi equipo está ahora en corro, observándome boquiabiertas.
—Cada partido es el más importante de tu carrera —responde con suavidad.
¿Perdón? Me enderezo y saco pecho.
—¿Quieres que te pida perdón por eso? Soy deportista, Brooks.
Una deportista que se toma su carrera en serio y prioriza a su equipo antes que los brunch con mimosas o las hogueras nocturnas. ¿Sigue enfadado porque me fui antes de su fiesta de cumpleaños el mes pasado?
Me doy la vuelta, paso las manos por mi pelo y exhalo suavemente.
Ya le pedí perdón por aquello. Lo compensé cocinándole la cena y comprándole una americana de Armani que apenas podía permitirme.
—Rai, cuando acabe el verano, te irás a jugar a Europa —me recuerda Brooks—. ¿No te apetece empezar de cero? ¿Ir allí, centrarte en tu equipo, en tu carrera, sin que… esto —hace un gesto entre los dos— te ate?
Presiono los labios y entorno los ojos. Aunque, en el fondo, entiendo su punto, ahora mismo mis emociones están al mando.
—Nunca pensé que “esto” fuera un maldito trabajo que me ataba, Brooks. Lo nuestro… era para siempre.
—¡Callaway! —grita la entrenadora, silbato en mano, para llamar mi atención.
El alivio que se dibuja en la cara de Brooks es el último clavo en el ataúd. O en mi corazón.
—Te necesitan —dice, con voz agradecida.
—Sí. Y yo te necesitaba a ti —escupo las palabras.
—Raia, seguiremos siendo amigos —me asegura Brooks.
Le lanzo una mirada que podría partirlo en dos. Claro, amigos. A no ser que quiera perder de golpe a todo mi grupo de siempre —ese en el que Brooks y yo llevamos diez años, ese en el que también está mi prima y mejor amiga, Anna—, pues sí, seguiremos siendo malditos amigos.
—Guay —contesto sin un ápice de emoción.
Me da un apretón en el hombro.
—Suerte hoy. Estaré animándote.
—Vete a la mierda, Brooks —lo empujo con el hombro al pasar a su lado camino del campo.
Mi estómago, antes revuelto por los nervios del partido de hoy, ahora está hecho un nudo por el golpe que me ha dado Brooks.
—¿Estás bien? —pregunta la entrenadora cuando troto hacia el equipo.
—Perfecta —respondo secamente.
Anna me busca con la mirada y noto la preocupación en sus ojos.
Le hago un gesto con la cabeza para decirle que estoy bien.
Estoy bien. Estoy centrada. Lo tengo controlado.
Pero mientras caliento, mi cabeza sigue en Brooks.
La primera vez que me besó en la cabaña de la familia de Anna, en las Great Smoky Mountains.
La primera vez que hicimos el amor, en tercero de instituto.
La vez que mintió por mí cuando Anna y yo nos escapamos y casi nos expulsan del internado.
El año pasado, cuando saqué el tema del matrimonio.
Mi cabeza es un maldito caos. Oscila entre la dulzura de nuestros recuerdos y la amargura de nuestra ruptura.
Mierda. Brooks y yo hemos roto.
—¡Raia! ¿Segura que estás bien? —pregunta Anna cuando nos colocamos en el centro del campo para el saque inicial.
—Te lo cuento luego —murmuro.
Me pasa un brazo por los hombros y me apoyo en ella un segundo entero. Anna y yo hemos sido inseparables desde el mes en que nacimos. Nuestras madres, hermanas, nos llevaron juntas y nos dieron a luz en el mismo hospital, con solo tres semanas de diferencia.
Ha estado tan presente en mi vida como Brooks. Incluso más.
—Vamos. Hay que ganar este partido —me aprieta el hombro.
—Eso —asiento.
Perdemos el sorteo y me pregunto si es un mal presagio.
Lo es.
Porque a los dos minutos de juego, una delantera y yo chocamos de frente. Un dolor desgarrador me atraviesa el hombro y me quema hasta el pecho. Se me corta la respiración y caigo.
Fuerte.
—Joder —maldigo, mientras una ola de mareo me envuelve.
Por el rabillo del ojo capto la expresión horrorizada de Anna. Busco a Brooks en la banda y me duele ver la sorpresa que le retuerce la cara. Cierro los ojos y me pongo de lado cuando las ganas de vomitar me suben por la garganta.
—Eh, eh, ¿estás bien? —el árbitro ya está a mi lado, seguido de la entrenadora y del fisio.
—Callaway —dice la entrenadora—. No te muevas.
—Estoy bien —protesto, intentando incorporarme—. Déjame andar un poco.
La entrenadora Williams me lanza una mirada dura, escrutadora. Luego asiente y el fisio y Anna me ayudan a ponerme en pie. Camino despacio hacia la banda mientras los aplausos y los vítores retumban en las gradas.
—¿Estás bien? —me pregunta la jugadora con la que choqué.
Asiento.
—Sí. ¿Tú?
—Perfecta, cariño —responde ella, volviendo a trotar al campo.
Al girarme para mirarla, la punzada en el costado me hace apretar los dientes.
—Necesitas radiografías —dice la entrenadora.
Asiento sin pensar. Sé que necesito radiografías. Sé que mi verano se ha acabado.
Y, quizás lo más doloroso, sé que Europa ya no es una opción. No este verano, al menos.
Acabo de perder a mi equipo, mi sueño y mi apoyo.
En una sola tarde, mi vida se ha salido de la carretera que llevaba años trazando y recorriendo con cuidado.
Todo lo que creía seguro se ha terminado.
Ahora estoy sola.